
UNA NIÑA POBRE QUE LLEGA TARDE A LA ESCUELA ENCUENTRA A UN BEBÉ INCONSCIENTE ENCERRADO EN UN COCHE…
La gente se apartaba a su paso, algunos gritando, otros señalando, pero Patricia solo podía concentrarse en mantener el ritmo, en no tropezar, en llegar a tiempo. Irrumpió en urgencias como un huracán, con el uniforme manchado de sudor y sangre de los cortes en las manos. «¡Ayuda!», gritó con la voz quebrada, «por favor, está muy grave». El personal médico reaccionó de inmediato. Una enfermera tomó al bebé en brazos de Patricia mientras los médicos corrían a socorrerlo. En medio del tumulto, Patricia vio cómo uno de los médicos, un hombre de mediana edad, se acercaba al pequeño.
La reacción del médico fue instantánea. Se le doblaron las rodillas y tuvo que apoyarse en una camilla para no caerse.
«Benjamin», susurró el médico, con lágrimas que le recorrían las mejillas. «Mi hijo».

Patricia sintió que el mundo se detenía. El bebé que acababa de rescatar era el hijo del doctor.
Las preguntas comenzaron a arremolinarse en su mente, pero antes de que pudiera asimilar lo que sucedía, dos policías entraron en urgencias.
—Patricia Suárez —preguntó uno de ellos, acercándose con expresión severa—.
—Necesitamos que venga con nosotros. Hay reportes de vandalismo y un posible secuestro.
El doctor, recobrando la compostura, se interpuso entre Patricia y los agentes.
Su voz, aunque temblorosa, era firme.
—Esta joven acaba de salvar una vida.
—Mi hijo, y necesito saber exactamente cómo llegó a ese auto.
Las siguientes horas se convirtieron en un torbellino de preguntas y revelaciones. Patricia estaba sentada en una pequeña oficina dentro del hospital, con las manos vendadas, temblando alrededor de un vaso de agua que apenas había tocado.
Frente a ella, el Dr. Daniel Acosta, padre del pequeño Benjamín, escuchaba su relato por tercera vez mientras los agentes tomaban notas.
—Entonces, al pasar, oí el llanto.
—¿Qué pasó? —preguntó el agente más joven, Lucas Mendoza. Su mirada era escéptica.
—Sí —respondió Patricia con voz cansada pero firme—. El coche estaba al sol, con todas las ventanas cerradas, sin nadie alrededor. Intenté pedir ayuda, pero me detuve al recordar la desesperación de ese momento.
El Dr. Acosta se pasó una mano por la cara, visiblemente agotado.
Su hijo estaba estable y respondía bien al tratamiento para la hipertermia, pero las circunstancias que llevaron a esta situación se volvían cada vez más confusas.
—Mi esposa, Elena, dejó a Benjamín con la niñera esta mañana —explicó el doctor con la voz quebrada—. Teresa Morales trabaja con nosotros desde hace tres meses y tiene referencias impecables. Cuando llamé a casa después de que trajera a Benjamín, nadie contestó.
Los agentes intercambiaron miradas significativas.
El Mercedes había sido reportado como robado hacía una hora, les informó el agente Mendoza.
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