
UNA NIÑA POBRE QUE LLEGA TARDE A LA ESCUELA ENCUENTRA A UN BEBÉ INCONSCIENTE ENCERRADO EN UN COCHE…
La señora Acosta llegó a casa y encontró la puerta trasera forzada. La niñera había desaparecido, junto con algunas joyas y documentos importantes. Patricia escuchaba, intentando asimilar toda la información. La niñera había intentado secuestrar al bebé. ¿Por qué abandonarlo en el coche? Algo no cuadraba. «Doctor Costa», interrumpió Patricia tímidamente, «¿puedo preguntarle algo?». Cuando el doctor asintió, continuó: «El coche donde encontré a Benjamín estaba cerrado por dentro, como si alguien hubiera querido asegurarse de que nadie pudiera sacarlo».
Un pesado silencio se apoderó de la sala. El doctor Acosta palideció visiblemente. «Los seguros de mi Mercedes son automáticos», murmuró, más para sí mismo que para los demás. «Solo se pueden activar con la llave o el control remoto», añadió el agente Mendoza, sacando su teléfono. «Necesitamos revisar las grabaciones de las cámaras de seguridad de la zona. Ahora mismo». Cuando los agentes salieron de la oficina, el Dr. Acosta se dejó caer en su silla, con el rostro desencajado por la preocupación y la confusión. —Patricia —dijo con suavidad.
—Hay algo que debo confesarte, algo que podría explicar todo esto. Patricia se enderezó en su asiento, notando el cambio en el tono del doctor. —Hace dos semanas —comenzó—, recibí un sobre en mi oficina. Contenía fotografías: fotografías de Benjamín, de Elena, de nuestra rutina diaria, junto con una nota que me decía que me mantuviera alejado de cierto caso médico. —¿Un caso médico? —preguntó Patricia, intuyendo que se adentraban en terreno peligroso—. Soy testigo clave en un caso de negligencia médica contra una clínica privada muy prestigiosa.
—Mi testimonio podría clausurarla. El doctor se levantó y comenzó a caminar nervioso por la pequeña oficina. —Pensé que podría manejarlo. Reforzamos la seguridad. Contraté a Teresa tras una exhaustiva investigación de antecedentes. Pero entonces, un golpe en la puerta interrumpió su conversación. Era una enfermera, con expresión preocupada. —Doctor Costa, su esposa está aquí y hay algo que debe ver. —Elena Acosta era una mujer elegante que, incluso en momentos de angustia, mantenía una compostura admirable. Sin embargo, al ver a Patricia, algo cambió en su expresión.

—Usted es la joven que salvó a mi bebé —preguntó con la voz quebrada mientras la abrazaba. Patricia, sorprendida por el gesto, solo pudo asentir. Pero lo que Elena dijo a continuación dejó a todos en la habitación helados. —Teresa está muerta —anunció Elena, separándose del abrazo—. La policía acaba de encontrar su cuerpo en la cajuela de su propio auto, a pocas cuadras de nuestra casa. El Dr. Acosta se desplomó en su silla, atónito.
—¡Muerta! ¿Pero cómo es que hay más? —continuó Elena, sacando un sobre arrugado de su bolso—. Encontraron esto en su bolsillo. Son documentos sobre la clínica, sobre los casos de negligencia. Parece que Teresa estaba investigando por su cuenta. Patricia observó la escena, y las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar en su mente. —El Mercedes —dijo de repente, haciendo que todos la miraran—. ¿Por qué dejar a Benjamin en el Mercedes del doctor? ¿Por qué no en cualquier otro auto? El Dr. Acosta se levantó de un salto, con una nueva comprensión reflejada en su rostro, porque querían que pareciera que lo había olvidado.
—Un médico que testificara sobre negligencia, sobre negligencia con su propia hija, habría sido descubierto demasiado tarde —susurró Elena, horrorizada—. Su credibilidad habría quedado destruida. —Y Teresa se enteró —concluyó Patricia. Por eso, otro golpe en la puerta interrumpió la conversación. Era el oficial Mendoza con una tableta. —Tiene que ver esto —dijo, reproduciendo un video de seguridad. Se veía claramente a dos hombres interceptando a Teresa cerca de la casa de los Acosta y obligándola a subir a un vehículo.
Minutos después, el Mercedes del doctor salió del garaje, conducido por uno de ellos. —Hemos identificado a uno de los sospechosos —informó Mendoza—. Trabajaba como guardia de seguridad en la clínica que está bajo investigación. El Dr. Acosta tomó la mano de su esposa; su rostro reflejaba una mezcla de dolor y determinación. —Esto va más allá de un simple caso de negligencia —dijo—. Y gracias a ti, Patricia, no lograron su objetivo. Patricia miró sus manos vendadas, pensando en cómo un simple revés académico la había puesto en el centro de algo mucho más grande. —¿Y ahora qué? —preguntó ella. —Ahora —respondió el oficial Mendoza—. Necesitamos mantener a todos a salvo mientras desentrañamos esta conspiración —añadió Ya, mirando fijamente a Patricia—. Creo que deberíamos hablar con tu escuela sobre tu ausencia de hoy. Después de todo, salvaste una vida. Elena se acercó a Patricia de nuevo, esta vez con una expresión más serena. —No solo salvaste a mi hijo —dijo con dulzura—. Creo que has ayudado a destapar algo que podría salvar muchas más vidas. En ese momento, como para confirmar las palabras de su madre, se oyó el llanto de Benjamín desde la habitación contigua.
Un llanto fuerte y sano que hizo sonreír a todos en la oficina, recordándoles lo cerca que habían estado de perderlo todo. Patricia se permitió relajarse por primera vez desde que vio aquel Mercedes negro. Las preguntas seguían llegando, las implicaciones de lo que habían descubierto eran enormes, pero por ahora, el llanto de Benjamín era todo lo que necesitaba oír para saber que había hecho lo correcto. La noche había caído sobre la ciudad cuando Patricia finalmente regresó a casa, escoltada por un agente de policía.
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