Don Tomás, de 70 años, era un agricultor adinerado de un pueblo rural de Oaxaca.
Había tenido a su primera esposa, Doña Rosa, quien falleció diez años antes, dejándole tres hijas casadas.
A pesar de su avanzada edad, Don Tomás aún soñaba con tener un hijo que llevara su apellido y continuara la línea familiar, un deseo que no se había cumplido.
Así que decidió volver a casarse.
Su elección fue Marisol, una joven de 20 años, hija de una familia pobre del mismo pueblo.
Marisol era hermosa y fresca como la primavera, pero la pobreza la había golpeado duramente.
Sus padres, necesitados de dinero para pagar el tratamiento médico de su hijo menor, accedieron a entregarla en matrimonio a cambio de una gran suma.
Aunque ella no quería, Marisol aceptó el matrimonio por amor a su familia.
La víspera de la boda, con lágrimas en los ojos, le dijo a su madre:
