Cuando le conté de la mujer, su expresión cambió. se levantó rápido y bajó conmigo. Cuando vio a la mujer en la puerta, la reconoció inmediatamente. La hizo pasar rápido, mirando hacia la calle para asegurarse de que nadie los había visto. Luego cerró la puerta con cerrojo. La mujer entró a la sala y colapsó en el sofá llorando. Era una actriz joven que trabajaba en el mismo estudio donde filmaba el señor Mario. Yo la había visto en fotografías de revistas.
Él me pidió que le trajera agua y que luego me retirara. Obedecí, pero no pude evitar escuchar parte de la conversación desde el pasillo. La mujer estaba embarazada. El padre era un productor casado que ahora se negaba a reconocer al bebé y la amenazaba con destruir su carrera si ella hablaba. La actriz no sabía qué hacer. Su familia la había corrido de la casa cuando se enteró del embarazo. No tenía dinero, no tenía donde vivir, estaba completamente sola.
había venido a pedirle ayuda al señor Mario porque había escuchado que él era generoso, que ayudaba a gente en problemas, que era bueno. Escuché la voz del señor Mario respondiendo con calma. Le dijo que no se preocupara, que la iba a ayudar, que conseguiría un lugar donde pudiera quedarse durante el embarazo, que pagaría todos los gastos médicos, que después la ayudaría a establecerse con el bebé. La actriz lloraba de agradecimiento, preguntándole por qué hacía eso por ella si apenas la conocía.
La respuesta del señor Mario me partió el corazón. Le dijo que lo hacía porque entendía lo que era tener un hijo en circunstancias imposibles, lo que era estar solo y asustado, lo que era necesitar ayuda desesperadamente y no tener a dóe ir. le dijo que nadie merecía pasar por eso solo, especialmente una madre con un bebé inocente. Esa noche el señor Mario me llamó a la sala después de que la actriz se fue, me explicó la situación y me pidió que por favor nunca contara lo que había presenciado.
Le prometí guardar el secreto. Él me agradeció y me contó que esa no era la primera vez que ayudaba a alguien en situación similar. A lo largo de los años había ayudado a varias mujeres embarazadas que habían sido abandonadas. Había pagado partos, había financiado hogares para madres solteras, todo en secreto absoluto. Le pregunté por qué lo hacía en secreto, por qué no recibía reconocimiento público por esas acciones tan nobles? Él sonrió con tristeza y me dijo que si lo hacía público, la gente pensaría que lo hacía por publicidad, por mejorar su imagen.
Además, las mujeres que ayudaban necesitaban discreción. Si se supiera que Cantinflas las estaba ayudando, la prensa las perseguiría. Sus historias saldrían en todos los periódicos, sus vidas serían destruidas. Entendí entonces otra dimensión del señor Mario. No solo era un hombre que sufría en silencio, también era un hombre que ayudaba en silencio. Su generosidad era tan secreta como su dolor. El mundo veía solo la máscara del comediante, pero detrás había un ser humano complejo, roto, pero fundamentalmente bueno.
En julio de 1953 sucedió algo que cambió mi vida para siempre. Recibí un telegrama de mi pueblo. Mi papá había muerto. Ataque al corazón mientras trabajaba en el campo. Tenía solo 52 años. Me derrumbé cuando leí el telegrama. Mi papá, el hombre más trabajador que conocí, el que se mató trabajando para darnos de comer, había muerto sin poder descansar ni un día de su vida. El señor Mario me encontró llorando en la cocina. Le mostré el telegrama sin poder hablar.
Él lo leyó y su expresión se llenó de compasión. Me abrazó dejándome llorar en su hombro. Luego me dijo que preparara mis cosas, que viajaría a Guanajuato inmediatamente, que su chófer me llevaría, que no me preocupara por nada. Me dio dinero otra vez, mucho dinero. Me dijo que era para el funeral, para ayudar a mi mamá, para mis hermanos. Le dije que no podía aceptar tanto, que ya me había ayudado demasiado. Él insistió. me dijo que mi papá había sido hombre trabajador, que merecía un funeral digno, que mi familia merecía apoyo en ese momento difícil.
Viajé a Guanajuato con el corazón destrozado. El funeral fue simple, pero digno. Gracias al dinero del señor Mario pudimos darle a mi papá un entierro decente, comprar una lápida bonita, hacer una misa. Mi mamá, que había envejecido tanto en los últimos años, lloraba desconsolada. Mis hermanos, ya más grandes, intentaban ser fuertes, pero se les notaba el dolor. Me quedé dos semanas con mi familia. Les dejé la mayor parte del dinero que el señor Mario me había dado.
Con eso podrían sobrevivir varios meses mientras mis hermanos encontraban trabajo. Cuando finalmente volví a la Ciudad de México, llevaba un peso nuevo en el corazón. Mi papá había muerto sin conocer descanso, igual que millones de mexicanos pobres que trabajaban hasta morir. Cuando volví a la casa, el señor Mario me recibió con preocupación genuina. Me preguntó por mi familia, me ofreció más ayuda si la necesitaba. Le agradecí con el corazón lleno. Le dije que gracias a su generosidad, mi familia estaría bien por un tiempo.
Él restó importancia al asunto como siempre hacía, pero yo veía en sus ojos que mi gratitud lo conmovía. Rosalía volvió al trabajo en agosto, recuperada de su enfermedad. La casa volvió a su rutina normal, pero algo había cambiado en el señor Mario. Después de ayudar a la actriz embarazada, empezó a involucrarse más activamente en obras de caridad. Creó un fondo secreto para ayudar a empleados del cine que estuvieran en problemas. Pagaba operaciones, medicinas, funerales, lo que fuera necesario.
Una tarde me llamó a su estudio. Tenía una propuesta para mí. Me dijo que había anotado mi dedicación, mi discreción, mi bondad. Me ofreció un puesto diferente. Ya no sería solo empleada doméstica, sería su asistente personal para sus obras de caridad. Mi trabajo sería recibir solicitudes de ayuda, investigar cada caso, presentarle reportes, coordinar pagos, todo en absoluto secreto. Acepté inmediatamente. Era una oportunidad de hacer algo más significativo, de ayudar a más gente. El señor Mario me enseñó cómo manejar los fondos, cómo verificar que las solicitudes fueran genuinas, cómo entregar la ayuda sin que se supiera de dónde venía.
Trabajábamos juntos varias horas al día revisando casos, decidiendo a quién ayudar, organizando todo. Fue durante esos meses cuando más conocí su corazón. Cada caso de un niño necesitado lo afectaba profundamente. Cada madre soltera que pedía ayuda le recordaba a Marion. Cada padre que no podía pagar medicinas para sus hijos le rompía el alma. Él daba sin límite, sin condiciones, sin esperar nada a cambio. Una noche, mientras revisábamos solicitudes, encontramos el caso de un hombre cuyo hijo de 8 años necesitaba cirugía urgente de corazón.
La operación costaba una fortuna. El hombre había vendido todo lo que tenía, pero no era suficiente. El niño moriría sin la cirugía. El señor Mario leyó la solicitud en silencio, luego cerró los ojos por largo rato. Cuando los abrió, tenía lágrimas corriendo por su cara. me dijo que aprobáramos el pago completo de la cirugía, pero que además quería conocer al niño. Eso era raro. Normalmente él mantenía distancia, ayudaba anónimamente sin involucrarse emocionalmente. Pero este caso era diferente.
Este niño tenía la misma edad que tendría su hijo Mario Arturo. Organizamos un encuentro discreto. El padre trajo al niño a la casa una tarde. El niño era delgado, pálido, con ojos enormes, llenos de inocencia. El señor Mario pasó dos horas jugando con él, haciéndolo reír, contándole historias. El niño no sabía quién era realmente ese señor amable que jugaba con él. Solo sabía que era alguien bueno. Cuando el padre y el niño se fueron, el señor Mario se encerró en su estudio.
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