Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

Yo lo escuché llorar otra vez. Entendí que cada niño que ayudaba era una forma de ser padre de su hijo ausente. Cada sonrisa de niño agradecido sanaba un poquito el dolor de no poder ver sonreír a su propio hijo. En octubre de 1953 sucedió algo inesperado. Llegó una carta de Estados Unidos. Era de Marion. Adentro venía una foto. Era su hijo Mario Arturo, ahora de 9 años, en su uniforme de béisbol. El niño había crecido, estaba más alto, sonreía con seguridad.

Al reverso de la foto, Marion había escrito, “Pensé que querrías ver cómo está creciendo. Es un niño feliz. Gracias por darme la libertad de darle la vida que merece.” El señor Mario miró esa foto durante horas. La puso en su escritorio donde pudiera verla mientras trabajaba. Yo notaba que sus ojos se iban constantemente hacia esa imagen. Su hijo estaba feliz. Estaba bien cuidado. Tenía una vida normal. Eso debería haberlo consolado, pero solo lo hacía sentir más la ausencia.

En noviembre recibimos una solicitud de ayuda que nos impactó a ambos. Era de una mujer que vivía en un pueblo remoto de Oaxaca. Su hija, de 15 años había sido violada y quedó embarazada. La familia quería expulsarla. El pueblo la señalaba. Ella quería quitarse la vida. La madre pedía ayuda desesperada para salvar a su hija. El señor Mario leyó esa solicitud y se levantó de su escritorio con expresión determinada. Me dijo que íbamos a traer a esa muchacha a la ciudad de México, que pagaríamos todo su cuidado durante el embarazo, que después la ayudaríamos a comenzar una nueva vida.

Pero más importante, quería que la muchacha supiera que no estaba sola, que no era su culpa, que merecía vivir. Viajamos a Oaxaca en su carro personal, sin chóer, sin acompañantes. Fue un viaje largo y silencioso. Cuando llegamos al pueblo, la pobreza era devastadora. Casas de adobe a punto de caer, niños descalzos con barrigas hinchadas de hambre, perros flacos buscando comida entre la basura. Era como volver al México que ambos conocíamos de nuestras infancias. La muchacha se llamaba Rosa.

Tenía apenas 15 años, pero sus ojos parecían de alguien mucho mayor. Habían visto demasiado dolor, demasiado horror. Su mamá nos recibió en su casa humilde, llorando de agradecimiento porque alguien había venido a ayudar. El señor Mario habló con Rosa con suavidad infinita. le dijo que lo que le había pasado no era su culpa, que ella no tenía que cargar con vergüenza por algo que le hicieron contra su voluntad. Le dijo que su bebé era inocente y merecía nacer en un ambiente de amor, no de rechazo.

Le ofreció traerla a la capital donde podría tener atención médica, donde podría decidir libremente si quería quedarse con el bebé o darlo en adopción, donde podría empezar de nuevo. Rosa aceptó entre lágrimas. Nos la llevamos ese mismo día. Su mamá nos agradeció mil veces llamándonos ángeles del cielo. Durante el viaje de regreso, Rosa iba callada en el asiento trasero. Yo me volteaba cada tanto para asegurarme de que estuviera bien. Sus ojos miraban por la ventana viendo pasar el paisaje, probablemente preguntándose qué le esperaba en su nueva vida.

En la ciudad de México la instalamos en una casa pequeña, pero cómoda que el señor Mario alquiló específicamente para esos casos. Ya había ayudado a otras mujeres antes, así que tenía todo organizado. Rosa tendría todo lo que necesitara: médicos, comida, ropa, apoyo psicológico y tendría tiempo para decidir su futuro sin presiones. Durante los siguientes meses visité a Rosa regularmente para asegurarme de que estuviera bien. Ella empezó a abrirse conmigo. me contó sobre la violación, sobre como su agresor era un hombre respetado del pueblo que todos defendieron, sobre cómo la habían culpado a ella por provocarlo.