Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

El niño sonreía en el uniforme nuevo, sosteniendo una lonchera. Marion escribía que el niño estaba feliz, adaptándose bien a su nueva vida, que el padrastro lo trataba con amor. Supuestamente eso debía consolarlo, pero solo lo hundió más. Una tarde de septiembre lo encontré en el jardín sentado en una banca mirando al vacío. Me acerqué y le pregunté si necesitaba algo. Él negó con la cabeza, pero me pidió que me sentara con él un momento. Yo obedecí. Nos quedamos en silencio por largo rato.

Luego él habló. Me contó sobre la primera vez que cargó a su hijo. Fue en un hospital en Los Ángeles donde Marion dio a luz. Él había viajado en secreto usando un nombre falso. Cuando la enfermera le puso al bebé en los brazos, sintió algo que nunca había sentido antes, un amor tan grande que dolía físicamente. Supo en ese momento que daría su vida por ese niño sin dudarlo. le contó sobre las visitas secretas durante los años siguientes, cómo jugaba con su hijo en el departamento discreto que le pagaba a Marion, como le enseñó a decir papá, aunque el niño no podía llamarlo así en público.

Como celebraban cumpleaños a escondidas con pasteles pequeños y regalos que el niño no podía mostrarle a nadie más porque nadie podía saber de dónde venían, me contó sobre la última vez que vio a su hijo. Fue dos días antes de que Marion le dijera que se iba a casar. Jugaron con carritos en el piso. El niño se rió con esa risa pura que solo tienen los niños. Lo abrazó muy fuerte antes de irse y el niño le preguntó por qué lo abrazaba tan duro.

Él le dijo que era porque lo quería mucho. El niño respondió, “Yo también te quiero, tío Mario. Tío Mario, no podía decirle papá, tenía que decirle tío.” Esas palabras le rompieron el corazón entonces y se lo seguían rompiendo cada día. Mientras me contaba todo esto, las lágrimas corrían por su cara sin control. Yo también lloraba. No había palabras de consuelo que pudiera ofrecer. solo podía estar ahí escuchando, siendo testigo de su dolor. Después de esa conversación, el señor Mario y yo desarrollamos una relación diferente.

Ya no era solo mi patrón, era un ser humano que había confiado en mí su dolor más profundo. Yo dejé de verlo como Cantinflas, el ídolo, y empecé a verlo solo como Mario, un hombre roto intentando sobrevivir. En octubre de ese año empecé a notar que el señor Mario hacía algo diferente. Comenzó a buscar formas de ayudar a niños pobres. Donaba dinero anónimamente a orfanatos. Pagaba cirugías para niños enfermos. Financiaba becas escolares. Todo en secreto, sin publicidad, sin reconocimiento.

Le pregunté a Rosalía si sabía por qué hacía eso. Ella me explicó que era su forma de lidiar con el dolor. Si no podía ser padre de su propio hijo, al menos podía ayudar a otros niños. Cada niño que ayudaba era como salvar un pedacito de su hijo. Era su forma de seguir siendo padre, aunque fuera de forma indirecta. En noviembre de 1952 sucedió algo inesperado. La señora Valentina anunció que se mudaría permanentemente a Cuernavaca. Ya no vivirían juntos.

Mantendrían las apariencias en eventos públicos. Aparecerían juntos cuando fuera necesario, pero cada uno tendría su propia vida. El divorcio oficial no era posible por la imagen pública, pero esto era lo más cercano que podían tener a la separación. El señor Mario no peleó la decisión. Creo que en el fondo hasta se sintió aliviado. Ya no tendría que fingir ni siquiera en casa. Podría ser el mismo, al menos en la privacidad de sus paredes. La señora Valentina se fue una mañana de diciembre con varias maletas.

Se despidió de nosotras con educación distante. No hubo lágrimas. No hubo drama, solo una partida tranquila que marcaba el final de una farsa que había durado demasiado tiempo. Con la casa vacía, solo el señor Mario, Rosalía, yo y un jardinero que venía tres veces por semana, la atmósfera cambió completamente. Ya no había tensión constante, ya no había que actuar. El señor Mario se relajó un poco. Empezó a pasar más tiempo en casa, a conversar más con nosotras, a ser menos la estrella y más el hombre.

Una noche de diciembre me pidió que le preparara chocolate caliente y pan dulce. Lo llevé a su estudio y él me invitó a sentarme con él. “Quería compañía”, dijo. Nos sentamos en silencio por un rato, bebiendo chocolate, mirando el jardín oscuro a través de la ventana. Entonces me preguntó sobre mi vida, me preguntó sobre mi infancia, sobre mi familia, sobre mis sueños. Le conté cosas que no le había contado a nadie. Le hablé de como de niña soñaba con ser maestra, de como quería enseñar a leer a los niños de mi pueblo, pero que la pobreza me había obligado a dejar la escuela a los 12 años.

Le conté sobre mi papá, sobre cómo trabajaba hasta que su cuerpo ya no podía más, sobre mi mamá, que lavaba ropa ajena con las manos agrietadas sangrando de tanto restregar. Él escuchó todo con atención genuina. Cuando terminé de hablar, me dijo algo que me sorprendió. Me dijo que él y yo éramos más parecidos de lo que parecía. Ambos habíamos venido de la pobreza. Ambos habíamos tenido que sacrificar sueños por necesidad. Ambos cargábamos pesos que no podíamos compartir con el mundo.

La diferencia era que él tenía dinero y fama, pero eso no lo hacía más libre ni más feliz. Me habló de su infancia en el barrio de Tepito, de como su familia era pobre, de como tuvo que trabajar desde muy chico para ayudar a su mamá. me contó que de joven fue zapatero, carpintero, torero. Probó mil trabajos diferentes antes de descubrir que podía hacer reír a la gente y cuando lo descubrió, lo convirtió en profesión, pero nunca imaginó que esa profesión se convertiría en una prisión.

Me explicó que cuando eres pobre y desconocido tienes libertad. Puedes llorar en público, puedes estar triste, puedes ser tú mismo, pero cuando te conviertes en ídolo nacional, pierdes libertad. Tienes que ser lo que la gente espera que seas. Tienes que sonreír aunque estés muriendo por dentro. Tienes que actuar siempre, sin descanso, sin tregua. Esa noche entendía algo fundamental. La fama no es un regalo, es una maldición disfrazada. El señor Mario había ganado el amor de millones, pero había perdido su libertad, su privacidad, su derecho a ser humano.

Era adorado, pero estaba completamente solo. En las semanas siguientes, esas conversaciones nocturnas se volvieron rutina. Dos o tres veces por semana, después de que Rosalía se iba a dormir, el señor Mario me pedía que me quedara con él un rato. Conversábamos de todo, de la vida, de la muerte, de los sueños perdidos, de los arrepentimientos. Él me contaba cosas que nunca le había contado a nadie. Yo escuchaba sin juzgar, ofreciendo mi compañía silenciosa. Me contó sobre su miedo constante de ser olvidado.

Decía que la fama era efímera, que la gente era voluble, que un día lo adoraban y al día siguiente podían darle la espalda. Tenía terror de envejecer, de que ya no lo encontraran gracioso, de perder su lugar en el corazón de México. En enero de 1953 llegó una noticia que lo hundió aún más. Marion le envió una carta informándole que su hijo Mario Arturo había sido adoptado oficialmente por su padrastro. El niño ahora llevaba otro apellido. Legalmente ya no era hijo de Mario Moreno, era hijo de otro hombre.

Todo lazo legal había sido cortado. El señor Mario leyó esa carta en su estudio. Yo estaba limpiando el pasillo cuando escuché un grito ahogado, luego el sonido de algo rompiéndose. Entré corriendo. Él había tirado una lámpara contra la pared. Estaba de pie en medio del estudio con la carta arrugada en la mano, temblando de dolor y rabia. Me acerqué despacio. Le quité la carta de la mano antes de que la hiciera pedazos. Él se dejó caer en su sillón y lloró como niño.

Yo me arrodillé junto a él y lo abracé. Fue un momento extraño, una empleada doméstica abrazando al hombre más famoso de México. Pero en ese momento no éramos patrón y empleada. Éramos dos seres humanos compartiendo dolor. Cuando finalmente se calmó, me pidió que le trajera la caja fuerte que guardaba en el closet. La traje y él la abrió frente a mí. Dentro había fotos, cartas, dibujos infantiles, un mechón de pelo de bebé. Eran los únicos recuerdos que tenía de su hijo.

Me mostró cada cosa explicando su origen. Esta foto era del primer cumpleaños. Este dibujo se lo había hecho el niño cuando tenía 4 años. Esta carta era de Marion cuando le contó que estaba embarazada. Guardaba todo eso como tesoros invaluables porque era todo lo que le quedaba. Su hijo seguía vivo en algún lugar de Estados Unidos, creciendo, yendo a la escuela, jugando con amigos. Pero para el señor Mario era como si hubiera muerto. Nunca más lo vería, nunca más lo abrazaría, nunca más escucharía su risa.

Los siguientes meses fueron especialmente difíciles. El señor Mario se sumergió en el trabajo como forma de escapar. Filmaba película tras película, aceptaba todos los compromisos que le ofrecían. Trabajaba hasta la extenuación. En casa llegaba tarde y exhausto, comía algo rápido y se iba a dormir. Ya no había conversaciones nocturnas, ya no había tiempo para nada que no fuera trabajo. En mayo de 1953, Rosalía enfermó gravemente. Era algo del corazón, decían los doctores. Necesitaba reposo absoluto durante varios meses.

El señor Mario le pagó todos los tratamientos y le dijo que se tomara el tiempo que necesitara, que su trabajo la estaría esperando. Rosalía se fue a vivir con su hermana mientras se recuperaba. Eso me dejó sola en la casa con el señor Mario. Yo me encargaba de todo ahora. La limpieza, la cocina, lavandería, el mantenimiento del jardín. Era trabajo duro, pero lo hacía con gusto. Sentía que mi presencia ayudaba de alguna forma al señror Mario, aunque fuera solo manteniendo su casa funcionando mientras se lidiaba con sus demonios.

Una noche de junio, alrededor de las 11, escuché golpes fuertes en la puerta principal. Era extraño. Nadie visitaba a esas horas. Me asomé por la ventana antes de abrir y vi a una mujer joven muy pálida, temblando. Abrí la puerta con cuidado. La mujer preguntó por el señor Mario. Le dije que no recibía visitas tan tarde. Ella insistió que era urgente, que por favor lo llamara, que era cuestión de vida o muerte. Su desesperación parecía genuina. Fui a buscar al señor Mario, que estaba en su estudio.

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