Trabajé para mario moreno y esa noche descubrí al hombre que nadie conocía…

Ella mejoró lentamente, no se curó completamente, pero se estabilizó. Cuando finalmente pude volver a la ciudad de México, llevaba en el corazón una gratitud inmensa hacia ese hombre. Volví a la casa a finales de febrero. El señor Mario estaba en la sala cuando llegué. Se alegró de verme y me preguntó por mi mamá. Le conté que había mejorado gracias a su ayuda. Él restó importancia al asunto con un gesto de la mano y me dijo que lo importante era que mi mamá estuviera bien.

Desde ese día, mi lealtad aciel fue absoluta. No importaba lo que descubriera, no importaba lo que viera, yo jamás traicionaría la confianza de un hombre que había ayudado a mi familia cuando más lo necesitábamos. Esa lealtad sería puesta a prueba de formas que yo nunca imaginé. En marzo de 1952 empecé a notar algo más en la rutina del señor Mario. Dos veces por semana, los martes y viernes por la tarde, salía de la casa solo, sin chóer, sin acompañantes.

Manejaba el mismo su carro hacia algún lugar. Volvía dos o tres horas después, siempre con expresión más tranquila, más relajada, casi feliz. Un día le pregunté a Rosalía si sabía dónde iba el Sr. Mario esos días. Ella me miró seria y me dijo que mejor no preguntara, que todos teníamos derecho a nuestra privacidad, que el señor Mario nunca había dado explicaciones y nosotras no debíamos pedirlas. Pero su tono sugería que ella sí sabía algo. Mi curiosidad creció.

No era chisme morboso, era genuina preocupación. Yo había visto la tristeza del señor Mario. Lo había escuchado llorar. Sabía que algo lo atormentaba. Si esas salidas lo hacían feliz, yo quería saber qué eran, tal vez para entender mejor que necesitaba ese hombre. Una tarde de abril, el señor Mario salió como siempre en su carro, pero ese día olvidó algo. Dejó sobre la mesa del recibidor un sobre de manila. Yo estaba limpiando y lo vi. No debí hacerlo.

Lo sé, pero lo abrí. Dentro había fotos. Eran fotos de un niño de unos seis o 7 años. Un niño hermoso, de pelo negro, ojos grandes, sonrisa amplia y ese niño tenía un parecido inconfundible con el señor Mario. Cerré el sobre rápidamente con las manos temblando. No podía ser lo que estaba pensando, pero mientras seguía limpiando, mi mente no paraba de hacer conexiones. Las salidas secretas dos veces por semana, las fotos del niño que se parecía a él, la tensión con la señora Valentina, todo empezaba a tener sentido terrible.

Esa noche, cuando Rosalía y yo cenábamos en la cocina, junté valor y le pregunté directamente. Le dije que había visto las fotos, que necesitaba saber la verdad. Rosalía dejó su plato, suspiró profundo y me miró con expresión cansada. Rosalía me hizo prometer que lo que me iba a contar no saldría jamás de esa cocina. Le juré por mi madre que guardaría el secreto. Entonces ella me contó la historia que cambiaría completamente mi forma de ver al señor Mario.

 

 

 

 

 

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