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Me dijo que hacía aproximadamente 8 años. En 1944, el señor Mario había conocido a una mujer llamada Marion Roberts. Era una actriz norteamericana que había venido a México para trabajar en una película. Se enamoraron. Fue un romance intenso, apasionado, real. Pero el señor Mario estaba casado con Valentina y su imagen pública no podía mancharse con un escándalo de adulterio. La relación continuó en secreto durante casi un año. Marion quedó embarazada. Cuando se lo dijo al señor Mario, él entró en crisis.
Amaba a Marion. Quería estar con ella, quería tener ese hijo, pero no podía. Su carrera, su imagen, su estatus como ídolo nacional. Todo estaba en juego. Si se divorciaba de Valentina para casarse con una gringa embarazada, la prensa lo destruiría. Su carrera terminaría, México le daría la espalda. Marion volvió a Estados Unidos y tuvo al niño allá. Era un varón. Le puso Mario Arturo, igual que su padre. El señor Mario le envía dinero todos los meses. Paga todos los gastos del niño, pero no puede reconocerlo públicamente.
No puede ser su padre de verdad. Solo puede visitarlo en secreto dos veces por semana cuando Marion viene a México a quedarse en un departamento discreto que le paga. Rosalía me contó todo esto con voz baja, mirando constantemente hacia la puerta para asegurarse de que nadie nos escuchara. me dijo que la señora Valentina sabía de la existencia del niño, que por eso se había distanciado tanto del señor Mario, que por eso vivían vidas separadas bajo el mismo techo.
Pero todos guardaban las apariencias, todos actuaban, todos mentían. Me quedé en soc absoluto. El señor Mario tenía un hijo secreto, un hijo que no podía reconocer, un hijo que amaba, pero que tenía que esconder del mundo. De repente, todo tenía sentido. La tristeza en sus ojos, el llanto nocturno, la música melancólica a las 2 de la mañana. No era solo infelicidad matrimonial, era el dolor de un padre que no podía ser padre. Los días siguientes observé al señror Mario con otros ojos.
Cuando salía los martes y viernes, yo sabía que iba a ver a su hijo. Cuando volvía con expresión más relajada, yo sabía que había pasado unas horas preciosas siendo simplemente papá, sin cámaras, sin prensa, sin mentiras. Y cuando se encerraba en su estudio por las noches, yo sabía que estaba pensando en el niño que crecía sin poder llevar su apellido. En mayo de 1952 sucedió algo que me destrozó el corazón. Era un martes por la tarde. El señor Mario había salido como siempre a su visita secreta.
Yo estaba en el jardín regando las plantas cuando escuché que su carro entraba. Era muy temprano. Apenas había estado fuera una hora. Algo estaba mal. Lo vi bajar del carro con expresión devastada. Tenía los ojos rojos, la cara pálida, los movimientos lentos como de alguien en shock. entró a la casa sin verme siquiera. Escuché sus pasos subiendo las escaleras hacia su estudio. Luego escuché el portazo. Rosalía apareció en el jardín unos minutos después. Me preguntó si había visto al señor Mario.
Le dije que sí, que había llegado, pero que se veía muy mal. Rosalía entró a la casa preocupada. Yo continué con mi trabajo, pero no podía dejar de pensar en esa expresión devastada que había visto en su rostro. Esa noche, alrededor de las 10, Rosalía me llamó a su cuarto, cerró la puerta y me contó lo que había pasado. Marion le había dicho al señor Mario que se iba a casar. Había conocido a un hombre en Estados Unidos, un hombre bueno que quería casarse con ella y adoptar al niño legalmente.
Marion había tomado la decisión de darle a su hijo una vida normal con un padre presente, con un apellido respetable. El señor Mario estaba destrozado. Entendía las razones de Marion. Sabía que ella estaba haciendo lo correcto para el niño, pero eso no hacía el dolor menos insoportable. Iba a perder a su hijo. El niño crecería llamando papá a otro hombre. El niño nunca sabría quién era su verdadero padre. Esa noche los pasos en el pasillo fueron más intensos que nunca.
Escuché al señor Mario caminando de un lado a otro durante horas. Las siguientes semanas fueron terribles. El señor Mario seguía cumpliendo con sus compromisos públicos. Iba a filmaciones, a entrevistas, a eventos. En público era el cantinflas de siempre, alegre, bromista, el orgullo de México. Pero en casa era una sombra. Apenas comía, apenas hablaba, se encerraba en su estudio por días enteros. Yo intentaba ayudar de las formas que podía. le preparaba sus comidas favoritas, dejaba café fresco en su estudio, mantenía la casa en silencio para que pudiera tener paz, pero nada ayudaba realmente.
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