Me quedé parada en el pasillo unos segundos sin saber qué hacer. Al día siguiente le pregunté a Rosalía si el señor Mario tenía problemas para dormir. Ella me miró seria y me dijo que mejor no hiciera preguntas, que cada quien tenía sus razones para hacer lo que hacía, que nosotras estábamos ahí para trabajar, no para meternos en la vida privada del patrón. Pero yo no podía dejar de notar cosas. Durante el desayuno, el señor Mario tenía ojeras profundas.
Tomaba taza tras taza de café como si necesitara la cafeína para funcionar. A veces se quedaba mirando al vacío con la taza a la mano, perdido en pensamientos que claramente no eran felices. Cuando se daba cuenta de que yo lo observaba, sonreía y hacía algún chiste, volviendo a ser el Cantín Flash de siempre. En diciembre de ese año 1951, la casa se llenó de preparativos para las fiestas navideñas. La señora Valentina organizó una gran posada para el 16 de diciembre.
Invitaron a actores, directores, productores, gente importante del cine mexicano. Nosotras trabajamos días enteros preparando comida, decorando la casa, limpiando cada rincón. La noche de la posada llegaron decenas de personas elegantes, hombres con trajes caros, mujeres con vestidos hermosos y joyas brillantes. Había música de mariachi, ponche caliente, tamales, buñuelos, todo lo tradicional, pero en gran escala. El señor Mario era el anfitrión perfecto. Contaba chistes, hacía reír a todos, bromeaba con los invitados. Era el alma de la fiesta, pero yo lo observaba desde la cocina mientras servía más comida y algo no me cuadraba.
Su risa era fuerte, su energía era contagiosa, pero sus ojos estaban vacíos. Era como si estuviera actuando, representando un papel. Cuando nadie lo miraba directamente, su expresión cambiaba. La sonrisa desaparecía y aparecía algo oscuro, algo triste. La fiesta terminó cerca de las 2 de la mañana. Los invitados se fueron elogiando la hospitalidad, agradeciéndole al señor Mario por la hermosa velada. Cuando el último invitado se fue, el señor Mario se quedó parado en entrada por largo rato mirando la calle vacía.
Luego cerró la puerta despacio y subió a su habitación sin decir palabra. Rosalía y yo nos quedamos limpiando hasta las 4 de la mañana. Cuando finalmente pude irme a dormir, pasé frente al estudio del señor Mario. Había luz bajo la puerta otra vez y escuché algo que me partió el corazón. Escuché soyos, llanto ahogado, como de alguien que está intentando no hacer ruido, pero no puede contener el dolor. Me quedé paralizada en el pasillo. No sabía qué hacer.
Debía tocar. Debía fingir que no había escuchado nada. Finalmente seguí caminando hacia mi cuarto, pero esa noche no pude dormir pensando en lo que había oído. El hombre que hacía reír a millones estaba llorando solo en su estudio a las 4 de la mañana. En enero de 1952, algo cambió en la casa. La señora Valentina empezó a ausentarse más seguido. Decía que iba a visitar amigas, que tenía compromisos sociales, que necesitaba pasar unos días en Cuernavaca, pero las ausencias se volvieron más largas y más frecuentes.
El señor Mario no decía nada, pero se notaba más callado, más distante. Una tarde, mientras yo planchaba ropa en el cuarto de lavado, Rosalía se sentó junto a mí y me habló en voz muy baja. me dijo que las cosas entre el señor Mario y la señora Valentina no estaban bien desde hacía años, que dormían en habitaciones separadas, que apenas hablaban cuando estaban solos, que solo aparentaban ser matrimonio feliz en público. Le pregunté por qué seguían juntos.
Entonces, Rosalía me miró como si yo fuera muy inocente. Me dijo que por la imagen, por la prensa, por los contratos, por las apariencias. El señor Mario era el símbolo de México, el actor más querido del país. No podía tener un divorcio público. Eso destruiría su imagen de hombre de familia, de buen mexicano. Esa revelación me hizo ver todo diferente. El señor Mario vivía en una jaula de oro. Tenía fama, dinero, admiración de millones, pero no tenía libertad.
No podía ser el mismo. No podía llorar en público. No podía admitir que estaba solo. Tenía que sonreír siempre, actuar siempre, ser el cantinflas que todos esperaban. En febrero sucedió algo que cambió mi relación con él. Yo estaba en la cocina preparando la cena cuando recibí un telegrama. era de mi pueblo. Mi mamá había empeorado. Necesitaba viajar urgentemente. Me puse a llorar sin poder contenerme. Rosalía me abrazó y me dijo que pidiera permiso para viajar. Fui a buscar al señor Mario con el telegrama en la mano y las lágrimas corriendo por mi cara.
Lo encontré en su estudio revisando un guion. Toqué la puerta suavemente. Él me vio y su expresión cambió inmediatamente de concentración a preocupación. Le expliqué entre soyosos lo que había pasado, que mi mamá estaba muy enferma, que necesitaba viajar a Guanajuato lo antes posible, que entendía si me despedía, pero que por favor me diera permiso de irme al menos unos días. Él escuchó en silencio, luego se levantó de su escritorio y se acercó a mí. me puso una mano en el hombro y me dijo que, por supuesto, que podía ir, que la familia era lo más importante, que no me preocupara por el trabajo.
Luego sacó su billetera y me dio dinero. Era mucho dinero, más de lo que yo ganaba en dos meses. Le dije que no podía aceptarlo, que era demasiado, pero él insistió. Me dijo que ese dinero era para el viaje, para los doctores, para las medicinas que mi mamá necesitara. Me dijo que no era un préstamo, era un regalo. Me dijo que cuando volviera a mi trabajo estaría esperándome. Luego llamó a su chóer y le ordenó que me llevara a la estación de autobuses.
Esa misma noche. Lloré más de agradecimiento que de tristeza. Le agradecí una y otra vez. Él solo sonrió y me dijo que fuera con Dios, que cuidara a mi mamá, que no me preocupara por nada más. Esa noche viajé a Guanajuato con el corazón dividido entre la preocupación por mi mamá y el asombro por la bondad del señor Mario. Estuve dos semanas en mi pueblo. Mi mamá estaba muy grave, pero gracias al dinero que el señor Mario me había dado, pudimos llevarla con mejores doctores, comprar mejores medicinas.
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