Su madre cruel invitó a su ex a su boda… pero ella llegó con gemelos y los destrozó a los dos.

Leo y Oliver caminaron con una seguridad que no correspondía a su edad. Miraban alrededor con curiosidad. Y sus ojos, ese azul Kensington, golpearon la sala como una verdad imposible de negar.

Victoria soltó la copa.

El cristal se estrelló contra el mármol con un sonido seco, como un disparo.

Nadie miró el charco de champán.

Todos miraron a la mujer que avanzaba por el pasillo. No como novia.

Como conquistadora.

Lucas oyó el golpe, levantó la vista… y el color se le fue del rostro.

Primero vio a Elodie, más deslumbrante de lo que la recordaba.

Luego vio a los niños.

Su nariz. Su barbilla. Esa expresión Kensington que tantos años había visto en el espejo.

Alguien susurró, horrorizado:

—Lucas… ¿esos son…?

Elodie no se detuvo para escuchar. Caminó hacia el lugar “reservado” para ella al fondo… y no se sentó.

Se detuvo a mitad del pasillo, justo frente a la familia.

Y clavó los ojos en Victoria.

La boca de Victoria se abrió y se cerró sin sonido. Su realidad perfecta empezó a romperse.