Su madre cruel invitó a su ex a su boda… pero ella llegó con gemelos y los destrozó a los dos.

“Pensé que deberías ver cómo se ve la felicidad de verdad. Ven. Te reservamos un asiento al fondo, por los viejos tiempos. —Victoria.”

No era una rama de olivo.

Era un puñal.

Victoria quería que la “mesera” viera a la novia rica, el vestido perfecto, la vida que supuestamente Elodie nunca mereció.

Elodie apretó la invitación… y entonces escuchó una vocecita somnolienta.

—Mami…

Leo, cuatro años, se frotaba los ojos. Detrás de él, como un espejo, Oliver.

Sus gemelos.

Los dos con el mismo cabello oscuro rizado. Los mismos ojos azules, imposibles. La misma mandíbula obstinada.

El mismo rostro de Lucas Kensington.

Elodie los miró, luego miró el sobre.

Había trabajado doble turno. Había estudiado de noche. Había criado sola a dos niños sin pedirle un centavo a nadie. Se había convertido en algo que Victoria jamás imaginó: alguien que no se quebraba.