Y ahora Victoria la llamaba al “antro del león”, esperando a un ratón tembloroso.
Elodie sintió cómo algo se endurecía dentro de ella.
Tomó el teléfono y marcó a su mejor amiga, Sarah, estilista de la élite.
—Sarah —dijo, con una calma que daba miedo—. Necesito un vestido. Y dos mini tuxedos. Vamos a una boda.
La mansión Kensington parecía un museo más que una casa. Jardines recortados como si el mundo tuviera que obedecerles. Una fila de autos de lujo en la entrada, brillando bajo el sol.
Adentro, Victoria “reinaba”.
Vestido plateado, diamantes antiguos en el cuello, copa de champán como si fuera un cetro. Sus ojos recorrían el salón con esa mirada de halcón que no busca belleza, busca control.
—¿Todo perfecto? —preguntó a una amiga socialité, Margaret, que disfrutaba la desgracia ajena casi tanto como ella.
—Impecable —ronroneó Victoria—. Lucas se ve guapo. Y Sophia trae una dote que fusiona nuestras rutas navieras con el imperio tecnológico de su padre. Un matrimonio hecho en el cielo.
Margaret sonrió con malicia.
—¿Y el cabo suelto?
Victoria soltó una risita helada.
—La invité. Quiero que lo vea. Quiero que entienda que solo fue un reemplazo temporal. Quiero que mire su… vestidito barato y luego mire a Sophia en su Vera Wang y sepa que yo lo salvé.
En el altar, Lucas se veía impecable… y vacío. Sonreía cuando le pedían. Daba la mano cuando tocaba. Como un hombre que ya no vivía dentro de sí.
