Cuatro años desde aquella noche empapada por la lluvia en la que Lucas, pálido como alguien que ya se había rendido, se sentó en su viejo apartamento y le dijo, sin mirarla:
—No puedo seguir.
No era que hubiera dejado de quererla. Era peor. La quería… pero quería más no perder su vida de lujo.
Su madre, Victoria Kensington, había sido clara: o una esposa “a la altura”, o el corte total de la fortuna.
—No eres tú, Elodie —balbuceó él—. Es… mi mundo. Tenemos que ser realistas.
Elodie no rogó. No gritó. Solo abrió la puerta.
—Vete.
Esa noche se quedó con lo único que podía sostenerla: su dignidad. Aunque el corazón se le hiciera pedazos.
El golpe real llegó tres semanas después.
Las náuseas. El mareo. El test con dos líneas rosadas.
Para entonces, Lucas ya estaba en Europa, en un “viaje de sanación” que Victoria había organizado como quien encierra a alguien en una jaula con vistas bonitas. Y el número de Elodie estaba bloqueado en la mansión Kensington.
Ahora, años después, Victoria volvía a tocar su puerta.
Elodie volteó la invitación y sintió el filo.
La nota, escrita a mano, era un ataque directo:
