Roncar es una situación tan común como subestimada. Muchas veces se toma con humor o resignación, pero lo cierto es que los ronquidos persistentes pueden afectar de manera directa la calidad del sueño, el bienestar diario y la convivencia familiar o de pareja. Detrás de ese sonido áspero que aparece durante la noche no solo hay una molestia auditiva, sino también factores físicos y hábitos cotidianos que conviene entender para poder abordarlos a tiempo.
Desde una mirada informativa, el ronquido se produce cuando el aire no circula libremente por la nariz y la garganta durante el sueño. Esa dificultad genera una vibración de los tejidos blandos, lo que da origen al ruido característico. Este fenómeno puede presentarse de forma ocasional o transformarse en un problema frecuente, sin distinción de edad o género. Tanto personas jóvenes como adultas pueden verse afectadas, y en muchos casos el problema se intensifica con el paso del tiempo.
Entre las causas más habituales se encuentra el sobrepeso, ya que el exceso de tejido graso en la zona del cuello puede estrechar las vías respiratorias. También influye de manera notable la posición al dormir. Dormir boca arriba favorece que la lengua y el paladar blando se desplacen hacia atrás, dificultando el paso del aire. A esto se suman otros factores como el consumo de alcohol o sedantes, que relajan en exceso los músculos de la garganta, y la congestión nasal, ya sea por alergias, resfriados o problemas estructurales como la desviación del tabique.
Más allá del sonido, los ronquidos pueden ser una señal de que el descanso no está siendo verdaderamente reparador. Muchas personas que roncan de manera intensa se despiertan varias veces durante la noche sin notarlo, lo que deriva en cansancio diurno, falta de concentración, irritabilidad y menor rendimiento. A esto se suma el impacto en quienes comparten el dormitorio, que también ven alterado su descanso y, con el tiempo, su paciencia.
