Hace veinte años, nunca me consideré particularmente valiente ni altruista. No intentaba marcar la diferencia ni cambiar el futuro de nadie. En aquel entonces, creía firmemente que estaba haciendo algo sencillo, lo que la mayoría haría al encontrarse con alguien necesitado.
Mirando atrás ahora, entiendo algo importante: los momentos que parecen pequeños en su momento suelen ser los que más impacto tienen.
Aquella noche permanece vívida en mi memoria. Una lluvia torrencial golpeaba las ventanas, difuminando el resplandor de las farolas. Los truenos resonaban a lo lejos, sacudiendo la casa. Estaba solo en la cocina, esperando a que hirviera el agua, concentrado en nada más que terminar el día con una taza de té caliente.
Entonces oí que llamaban.
Al principio, era tan débil que casi lo descarté como el viento. Vivir solo me había vuelto cauteloso, y el instinto me decía que dudara. Pero entonces el golpe volvió a sonar: suave, inseguro, casi suplicante.
Me acerqué a la puerta y la abrí apenas.
