Mi marido me regaló una pulsera de doscientos mil, pero el joyero dijo

—Que se quede ahí. Un recordatorio. No sobre Sveta, sino sobre la importancia de decir la verdad a tiempo.

Después de aquella noche, la vida pareció volver a la normalidad. Mikhail se volvió más atento, llamaba más a menudo, a veces incluso lavaba los platos él mismo, algo inusual.

Elena intentó creerle. Sveta, huérfana, hija de un amigo fallecido… Sonaba plausible. Pero en lo más profundo de su ser, la duda persistía, como una astilla.

No habló del tema con sus amigas ni con su hija. Solo de vez en cuando, cuando estaba sola, abría la caja, miraba la pulsera… y se le hacía un nudo en la garganta.

Pasó una semana. Una noche, mientras Mikhail se duchaba, su teléfono vibró en la mesita de noche. Elena no quiso mirar. Pero la pantalla se iluminó y su mirada se posó en el nombre del remitente:

Sveta 💛.

El mensaje era breve:

«Gracias por ayer. Habría sido insoportable sin ti».

Sintió un vuelco en el corazón. Se incorporó en la cama, con las manos temblando.

El teléfono volvió a sonar. Un segundo mensaje:

«Dijiste que me lo contarías todo. ¿Cuándo?» Elena colgó el teléfono bruscamente, como si se hubiera quemado.

El sonido del agua corriendo provenía del baño.

Se quedó inmóvil, sin saber si reír o llorar.

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