
Mi marido me regaló una pulsera de doscientos mil, pero el joyero dijo
Salió, inhaló el aire primaveral y caminó por la avenida. Con paso ligero y seguro.
Su teléfono vibró suavemente en el bolso: un mensaje de Mikhail.
No lo abrió.
Ahora tenía su propia vida: sin grabados, sin nombres falsos, sin mentiras.
Solo su vida.
Un par de meses después, conoció a un hombre que colaboraba en el proyecto de diseño del café. Tranquilo, atento, con una mirada amable.
Un día, le entregó un pequeño sobre.
«Esto no es un regalo, ¿sabes?», dijo. «Solo quería darte las gracias por tu trabajo».
Elena lo abrió: dentro había una fina pulsera de plata. En el interior había un grabado:
«Para Elena. Porque sí».
Rió —por primera vez en mucho tiempo, de verdad—. La pulsera le quedaba perfecta.
Y esta vez, la talla correcta, el significado correcto y el corazón correcto.
Pasaron tres años.