Lo primero que notaron los médicos no fue su edad, sino su vientre hinchado, demasiado grande para alguien tan joven, temblando mientras cruzaba las puertas del hospital esa noche.

La habitación quedó en silencio, salvo por el pitido constante del monitor. El Dr. Collins sabía lo que vendría después. Llamó a la enfermera de guardia. “Necesitamos que contacten a los servicios sociales y a las fuerzas del orden de inmediato. Este es un informe obligatorio”.

Emily parecía presa del pánico. “No, por favor, lo prometiste…”

El Dr. Collins le tomó la mano con suavidad. “Emily, lo dije en serio: estás a salvo aquí. Pero como eres menor de edad y estás en peligro, tengo que informar de esto. Es la ley, y es para protegerte a ti y a tu bebé”.

Emily le apretó la mano con una fuerza sorprendente. Su cuerpo temblaba, pero en sus ojos se percibía un destello de alivio. Había cargado con este secreto sola durante meses, y ahora por fin se le quitaba esa carga.

Karen se acercó, apartándole el pelo con suavidad. “Ya no estás sola. Me aseguraré de que estés a salvo. No tenía ni idea, Emily. Lo siento mucho”.

La puerta se abrió y entró una trabajadora social con expresión tranquila pero seria. En cuestión de minutos, el hospital se convirtió en algo más que un lugar de sanación: ahora era la primera línea de una investigación criminal.

Dos horas después, Emily yacía en su cama de hospital descansando tras recibir medicación para aliviar las contracciones. El bebé estaba estable, pero necesitaría una estrecha vigilancia. Su frágil cuerpo no estaba listo para el parto tan pronto.

La detective Sarah Mitchell llegó con su libreta en mano. Se agachó junto a Emily con tono amable. “Emily, sé que esto es difícil, pero necesito escuchar tu historia con tus propias palabras. Lo que compartas nos ayudará a protegerte”.

Emily dudó un momento y luego repitió lo que le había contado al Dr. Collins. Describió las noches en que Mark se colaba en su habitación, cómo la amenazaba, el miedo que sentía para hablar. Cada palabra pesaba en el aire estéril.

Karen apretó los puños. “Me la llevaré conmigo. No va a volver a esa casa”.

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