La detective asintió. “Trabajaremos con los servicios de protección infantil. Por ahora, Emily, te quedarás aquí hasta que sea seguro darte de alta. Los agentes ya van de camino a arrestar a Mark”. Emily parpadeó con incredulidad. “¿De verdad irá a la cárcel?”
“Sí”, dijo la detective con firmeza. “Y no volverá a hacerte daño”.
El alivio y el miedo invadieron a Emily al instante. Se aferró a la mano de Karen, permitiéndose por fin respirar. Por primera vez en meses, no se sentía completamente atrapada.
La Dra. Collins regresó para ver cómo estaba. “Estás estable por ahora. Te mantendremos en observación para asegurarnos de que tú y el bebé estén a salvo. Eres muy valiente, Emily. Necesito que lo recuerdes”.
La voz de Emily sonó ronca. “¿Crees que mi mamá me perdonará alguna vez por contárselo?”.
Karen respondió antes de que nadie más pudiera hacerlo. “Cariño, no hiciste nada malo. Si tu mamá no lo ve, entonces es ella quien necesita perdón, no tú”.
Las lágrimas volvieron a brotar, pero esta vez eran diferentes, más ligeras, como si un pequeño rayo de esperanza hubiera atravesado la oscuridad.
Afuera de la habitación, la detective habló en voz baja con la Dra. Collins y la trabajadora social. El caso sería difícil. La madre podría resistirse a creerle a su hija, pero la ley era clara. Emily estaría protegida y Mark enfrentaría la justicia.
En los días venideros, Emily seguiría luchando: con su embarazo, con el trauma, con el incierto camino que le aguardaba. Pero a los trece años, ya había demostrado la fuerza para sobrevivir a lo que la mayoría de los adultos no podrían soportar.
Esa noche, mientras se sumía en un sueño frágil, Emily se aferró a la mano de Karen y susurró: «Gracias por creer en mí».
Por primera vez, sintió de verdad que alguien lo hacía.
