Lo primero que notaron los médicos no fue su edad, sino su vientre hinchado, demasiado grande para alguien tan joven, temblando mientras cruzaba las puertas del hospital esa noche.

Mientras el equipo médico la examinaba, quedó claro que Emily no era un caso más. La situación era mucho más complicada. Sentía dolor, pero la pregunta más importante rondaba en la habitación: ¿Cómo pudo una niña de 13 años quedar embarazada, ocultándoselo a su familia?

Y cuando Emily finalmente le susurró la verdad al Dr. Collins, todo cambiaría.

El Dr. Collins cerró la cortina de la cama de Emily, dándole privacidad. Se sentó a su lado, bajando la voz. “Emily, necesito que me cuentes qué pasa. Aquí estás a salvo. Nada de lo que digas saldrá de esta habitación sin tu consentimiento, a menos que tu vida corra peligro”.

La mirada de Emily se dirigió a su tía, que estaba sentada rígida en un rincón, pálida. Tras una larga pausa, Emily dijo con voz temblorosa: “No fue un accidente. No me quedé embarazada de un chico de mi edad. Fue Mark, el novio de mi madre”.

Karen jadeó. “¿Qué? Emily…”

Emily se cubrió la cara con las manos, llorando con más fuerza. “Dijo que si se lo contaba a alguien, me haría daño. Dijo que nadie me creería. Lleva casi dos años viviendo con nosotros. Empezó la Navidad pasada. Intenté ocultarlo. Usaba ropa holgada. Pensé que quizá se me pasaría, pero mi barriga seguía creciendo”. El Dr. Collins apretó la mandíbula. Había oído historias como esta antes, pero nunca le resultaba más fácil. “Emily, gracias por contármelo. Eso requirió mucho coraje. Hiciste lo correcto”.

Karen se puso de pie, con la voz temblorosa de ira. “Te lo juro por Dios, si esto es cierto…”

“Lo es”, interrumpió Emily desesperada. “Por favor, no dejes que se me acerque. No se lo digas a mi mamá, no me creerá. Lo quiere demasiado”.

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