Te depositamos tu parte en tu cuenta. No es mucho, pero te va a servir para vivir unos meses mientras buscas algo más pequeño. Mi parte, pregunté manteniendo la voz calmada. Sí, mamá. Obviamente no te íbamos a dejar sin nada. Te dimos el 30%. Es justo, ¿no? Nosotros necesitamos el dinero para la inversión en Europa. Eduardo tiene una oportunidad de negocio increíble allá.
30% de mis propias cosas. Qué generosa. Entiendo, hija. ¿Y cuándo se van? Hoy en la tarde. Ya tenemos las maletas listas. Vamos a estar fuera por lo menos 6 meses, tal vez más si el negocio funciona bien. Pero no te preocupes, mamá. Cuando regresemos te ayudamos a encontrar un departamento pequeño, algo acorde a tus necesidades.
Acorde a mis necesidades, como si ella supiera cuáles eran mis necesidades. Está bien, Ángela. que tengan buen viaje. Ay, mamá, sabía que ibas a entender. Siempre fuiste muy comprensiva. Te amamos mucho. Y colgó. Me quedé allí con el teléfono en la mano y por primera vez en meses me reí. Me reí como no lo había hecho desde que murió Roberto. La situación era tan absurda que era cómica.
Mi hija me había robado, me había echado de mi propia casa, me había hablado con una condescendencia insoportable. y todo para financiar una aventura europea que probablemente sería un desastre. Pero lo que más me molestaba no era el dinero, era la facilidad con la que me había descartado. 45 años de vida dedicados a ella, de sacrificios, de amor incondicional y me había eliminado de su vida con una llamada telefónica de 2 minutos. Eso sí que dolía. Revisé mi cuenta bancaria en línea.
