Estaba sentada en la sala de espera del médico cuando sonó mi teléfono. Era Ángela, mi única hija. Su voz sonaba extraña, casi fría, cuando dijo: —Mamá, vamos a viajar mañana a Europa. Tu casa de la playa y tu carro ya los vendí.

 

 

Efectivamente, habían depositado una cantidad que para ellos probablemente parecía generosa, pero que para mí era una burla. Habían vendido la casa de la playa por mucho menos de lo que valía, seguramente porque necesitaban el dinero rápido y el carro de Roberto lo habían malbaratado.
Esa tarde, desde mi ventana, vi a Ángela y Eduardo subiendo maletas a un taxi. Él cargaba dos maletas enormes. Ella llevaba un bolso de viaje que parecía muy caro. Los vi reírse, besarse, hacer planes. Parecían dos adolescentes emocionados por una aventura. Nunca voltearon hacia mi ventana, nunca se despidieron. Cuando el taxi se fue, me senté en la cocina con una taza de té y los documentos de Roberto extendidos sobre la mesa.

Tenía que tomar decisiones. Podía llamar a un abogado, reclamar mis propiedades, recuperar todo lo que me habían quitado. Pero algo me decía que había una manera mejor de manejar esto, una manera más educativa. Llamé a Jorge, el abogado que había manejado los asuntos de Roberto.
Él había estado presente en el funeral, me había dado sus condolencias, me había dicho que si necesitaba algo no dudara en llamarlo. Bueno, ahora lo necesitaba. Señor Antonia, qué gusto escucharla. ¿Cómo se encuentra? Bien, Jorge. Necesito verlo urgentemente. Encontré unos documentos de Roberto que no entiendo muy bien.

Por supuesto, puede venir a mi oficina mañana por la mañana. estaré allí. Esa noche, por primera vez en meses, dormí profundamente. Soñé con Roberto. Estaba sentado en su silla favorita leyendo el periódico como cada mañana. Y cuando me vio, me sonrió y me dijo, “Ya era hora, mi amor. Ya era hora de que te defendieras.” Desperté con una sensación extraña.
No era exactamente felicidad, pero tampoco era la tristeza que había sentido durante tantos meses. Era algo parecido a la determinación. Por primera vez desde la muerte de Roberto tenía un propósito claro. Iba a recuperar lo que era mío, pero no de la manera que Ángela esperaba. A la mañana siguiente me arreglé con más cuidado del habitual. Me puse mi vestido color vino, el que Roberto siempre decía que me hacía ver elegante.
Me peiné, me puse un poco de maquillaje y cuando me miré al espejo vi una mujer que no había visto en mucho tiempo. Vi a una mujer fuerte. La oficina de Jorge estaba en el centro de la ciudad. Era un edificio viejo pero elegante, con pisos de mármol y ventanas grandes.