Estaba sentada en la sala de espera del médico cuando sonó mi teléfono. Era Ángela, mi única hija. Su voz sonaba extraña, casi fría, cuando dijo: —Mamá, vamos a viajar mañana a Europa. Tu casa de la playa y tu carro ya los vendí.

Durante estos años invertí nuestros ahorros en propiedades y negocios. No solo tenemos la casa de la playa, tenemos otras seis propiedades más, incluyendo el edificio donde vive Ángela con Eduardo. También tenemos acciones en tres empresas que valen más de lo que puedas imaginar. Eres rica, mi amor.
Siempre fuiste rica, pero ahora lo eres en papeles también. Mis manos temblaron mientras revisaba los documentos. Había escrituras de casas en diferentes barrios de la ciudad, un departamento en el centro, un pequeño hotel en la costa y, efectivamente el edificio de 20 pisos donde vivía mi hija. Roberto había sido el propietario silencioso durante los últimos 10 años, pero había puesto todo a nombre de una empresa que yo desconocía. Y según los papeles, yo era la única herederá de esa empresa.

También había estados de cuenta bancarios de cuentas que nunca supe que existían. Números que parecían irreales. Roberto había sido conductor de autobús durante 40 años, pero aparentemente también había sido un inversionista muy inteligente.
Cada peso que ahorrábamos, cada sacrificio que hacíamos, él lo había multiplicado en silencio y yo nunca supe nada. En la carta, Roberto explicaba que había mantenido todo en secreto porque no quería que yo me preocupara por el dinero, ni que Ángela supiera de nuestra situación financiera real. ¿Conoces a nuestra hija Antonia? Si supiera que tenemos tanto dinero, su actitud cambiaría.
Quiero que ella nos ame por lo que somos, no por lo que tenemos. Qué ironía. Nuestra hija nos había dejado pensando que no teníamos nada cuando en realidad teníamos todo. Esa noche no pude dormir. Caminé por la casa tocando los muebles viejos, los adornos que Ángela siempre había criticado por ser anticuados. Miré las fotos familiares colgadas en la pared, especialmente esa donde ella tenía 5 años y estaba sentada en las piernas de Roberto riendo.
¿Dónde había quedado esa niña dulce cuando se había vuelto tan fría, tan calculadora? Al día siguiente, muy temprano, sonó el teléfono. Era Ángela otra vez. Su voz sonaba diferente, más suave, pero yo ya había aprendido a desconfiar de esos cambios de tono. Mamá, ¿cómo estás? Quería decirte que ya hicimos la transferencia del dinero de la casa y el carro.