
“En nuestra luna de miel, me desperté a mitad de la noche y encontré a mi esposo de espaldas, abrazando una pequeña caja de madera como si fuera un tesoro. Dijo que contenía las cenizas de su exnovia fallecida. Cuando fue a ducharse, la abrí… y lo que encontré dentro me hizo hacer las maletas y pedirle el divorcio antes del amanecer….
Le colgué. Y esa misma tarde, decidí ir a hablar con la única persona que podía aclararlo todo: Lucía.
Localizarla no fue difícil. Su perfil mostraba un café artístico cerca del río Duero, donde solía trabajar como ilustradora. Fui sin avisar. Necesitaba ver su reacción al verme, necesitaba entender si ella también participaba en la mentira o si había sido una víctima más de mi marido.
Cuando la encontré, estaba sentada frente a su tablet gráfica, dibujando con unos auriculares enormes. Se parecía exactamente a la foto: pelo oscuro, mirada cálida, sonrisa tranquila. No tenía nada de fantasma ni de tragedia.
Me acerqué lentamente.
—¿Lucía?
Ella levantó la vista. Su expresión pasó del desconcierto a una cautela educada.
—Sí… ¿nos conocemos?
—Soy la esposa de Daniel. —No añadí “pronto exesposa”, aunque lo pensé.
Lo primero que hizo fue quitarse los auriculares.
—Oh… —murmuró, sorprendida pero no temerosa.— No esperaba… esto.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
—¿Podemos hablar? —pregunté.
Ella asintió y señalamos una mesa más apartada.