
“En nuestra luna de miel, me desperté a mitad de la noche y encontré a mi esposo de espaldas, abrazando una pequeña caja de madera como si fuera un tesoro. Dijo que contenía las cenizas de su exnovia fallecida. Cuando fue a ducharse, la abrí… y lo que encontré dentro me hizo hacer las maletas y pedirle el divorcio antes del amanecer….
No tardé en enfrentarla directamente.
—¿Por qué tiene él fotos tuyas recientes? ¿Cartas? ¿Y por qué escribes cosas como “nos vemos cuando ella se duerma”?
La expresión de Lucía cambió. Ya no estaba tranquila. Ahora parecía… triste.
—Antes de decirte nada —susurró—, quiero que entiendas que yo no quería involucrarte en esto.
—¿Involucrarme en qué?
Suspiró, como quien se prepara para algo inevitable.
—Daniel me buscó primero.
Me quedé helada.
—¿Cómo que te buscó? Él me dijo que tú le escribiste.
Ella negó con la cabeza.
—No. Él me escribió hace unos seis meses. Dijo que necesitaba “cerrar heridas”, que quería disculparse por cómo había terminado todo. No pensé que fuera una buena idea, pero… era un mensaje inofensivo. Acepté conversar.
Tragué saliva.
—¿Y las cartas?
—Él insistía en que quería escribir a mano, que así podía ordenar sus pensamientos. Me enviaba una cada pocas semanas. Nunca le respondí por esa vía, pero él seguía enviándolas.