
“En nuestra luna de miel, me desperté a mitad de la noche y encontré a mi esposo de espaldas, abrazando una pequeña caja de madera como si fuera un tesoro. Dijo que contenía las cenizas de su exnovia fallecida. Cuando fue a ducharse, la abrí… y lo que encontré dentro me hizo hacer las maletas y pedirle el divorcio antes del amanecer….
No le creí. Era demasiado fácil, demasiado conveniente.
—¿Y la foto? ¿Las cartas? ¿La nota?
—No debía haber llevado nada de eso. —Respiró hondo.— Pero necesitaba cerrar ese capítulo. Pensé que… traer la caja me ayudaría a despedirme de ella.
—¿Despedirte de alguien que ves “cuando yo me duermo”? —pregunté, con rabia contenida.
Él se quedó mudo. Su silencio lo decía todo.
Entonces añadí:
—Ella está en Portugal. Subió una foto en Oporto hace dos días.
Lo escuché hundirse en la silla.
—No fue a propósito. Te juro que no… Yo sólo… necesitaba verla. Necesitaba hablar con ella. No sabía cómo decirte que aún tenía asuntos pendientes.
La frase que siguió fue la que me mató:
“Ella me escribió primero.”
Sentí que todo dentro de mí se rompía. Mi matrimonio había durado diez días. Diez días antes de descubrir que él aún mantenía contacto secreto con la mujer que supuestamente “amaba pero había perdido”.