“En nuestra luna de miel, me desperté a mitad de la noche y encontré a mi esposo de espaldas, abrazando una pequeña caja de madera como si fuera un tesoro. Dijo que contenía las cenizas de su exnovia fallecida. Cuando fue a ducharse, la abrí… y lo que encontré dentro me hizo hacer las maletas y pedirle el divorcio antes del amanecer….

Me quedé helada. No sólo estaba viva: tenía fotos de la misma semana.
No sabía si llorar, gritar o reír del absurdo.

Por fin, después de varias horas, él me llamó. No contesté. Me escribió más de veinte mensajes, cada uno más desesperado que el anterior. “Podemos hablar”, “Es un malentendido”, “Te lo puedo explicar”.
Cuando por fin me atreví a leerlos, ninguno mencionaba la caja, ni a Lucía viva. Era como si él intentara rodear el tema sin enfrentarlo.

Fue esa evasión lo que me hizo tomar una decisión. Si él no me diría la verdad, debía buscarla por mí misma. Le envié una única frase:
“¿Por qué me mentiste sobre su muerte?”

Tardó menos de un minuto en llamarme.
Esta vez contesté.
Su voz sonaba cansada, derrotada.

—No quería perderte —fue lo primero que dijo.
—Entonces explícame. ¿Por qué dijiste que estaba muerta?
Hubo un silencio que se me clavó en el alma.
—No… no quería hablar de ella contigo. Pensé que era lo mejor.
—¿Me estás diciendo que inventaste su muerte?
—No… no exactamente. —Titubeaba.— La relación terminó… mal. Ella se fue. Cortó todo contacto. Yo no supe nada de ella durante años. Quise creer que era como si hubiera muerto.

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