
Cuando mi esposo no estaba en casa, mi suegro me pidió que tomara un martillo y rompiera el azulejo detrás del inodoro. Oculto allí había un agujero… y dentro de él encontré algo verdaderamente aterrador
—Ojalá fuera tan simple.
Mi suegro se apoyó contra el lavamanos como si el peso de lo que estaba a punto de decir lo estuviera hundiendo. Yo no podía dejar de mirar las fotos esparcidas sobre el suelo. Una mezcla de rabia, miedo y confusión me quemaba el pecho.
—Empieza a hablar —le exigí.
Él asintió, tragó saliva y se pasó una mano por el rostro.
—Tu marido no sabe nada de esto. Ni sospecha. Este agujero… esta bolsa… todo esto lo puso alguien más. Y no hace mucho tiempo.
Me arrodillé para recoger una de las fotos. Era una mujer de cabello rizado, caminando hacia un edificio de oficinas. Parecía estar desprevenida, como si no tuviera idea de que alguien la seguía.
—¿Quién? —pregunté sin mirarlo.
—Mi hermano —respondió con voz quebrada—. El tío de tu marido.
Me levanté de golpe.
—¿Andrés? Pero Andrés vive en otra ciudad…