
Conductor de autobús nota que una niña llora cada día, mira bajo el asiento después de dejarla y queda paralizado.
Cuando llegaron a la escuela, en lugar de verla bajar como siempre, Manuel se acercó un paso hacia la puerta trasera y habló con voz baja.
—Lucía, si algún día necesitas ayuda… cualquier cosa… yo estoy aquí, ¿sí?
La niña se detuvo, lo miró con los ojos abiertos y llenos de miedo. Parecía que quería decir algo, pero no pod
ía. Finalmente bajó en silencio.
Ese mismo día, después del recorrido de la tarde, Manuel encontró algo nuevo en el asiento de Lucía: un dibujo. Parecía hecho con prisas. Representaba una pequeña casa con una ventana, y dentro, una figura grande con los brazos levantados. Frente a ella, una figura pequeña, acurrucada.
En la parte inferior había una palabra escrita en mayúsculas:
“AYUDA.”
Manuel sintió la piel erizarse. Esto ya no era una corazonada. Era un grito silencioso. Y debía actuar… pero ¿cómo, sin poner a la niña en riesgo?
No sabía que aquella misma noche recibiría otro mensaje, más inquietante que el anterior:
“No vuelvas a mirar debajo del asiento.”