Conductor de autobús nota que una niña llora cada día, mira bajo el asiento después de dejarla y queda paralizado.

Y ahora el desenlace…

Manuel no durmió esa noche. Se quedó sentado en la mesa de la cocina, con el dibujo de Lucía frente a él, junto con el estuche, la llave y el papel arrugado. Repasó una y otra vez lo que sabía: una niña que lloraba todos los días, un objeto escondido bajo su asiento, mensajes amenazantes, un dibujo que pedía ayuda. Era evidente que Lucía vivía algo grave, pero él no podía simplemente irrumpir en su casa o acusar a alguien sin pruebas.

A las seis de la mañana tomó una decisión: hablaría con la orientadora escolar. Sabía que los profesionales escolares estaban entrenados para manejar casos de abuso y, sobre todo, podían intervenir sin poner a la niña en peligro inmediato.

Cuando llegó al colegio, esperó pacientemente hasta que la orientadora, la señora Valdivia, llegó a su oficina. Manuel le explicó todo con detalle, mostrándole el dibujo, la llave y el estuche. La orientadora frunció el ceño, preocupada.

—Esto es serio, muy serio —dijo—. No podemos ignorarlo. Pero debemos ser cuidadosos. Primero, hablaré con el equipo de protección infantil del colegio. Y necesito saber algo, Manuel: ¿alguien más podría saber que tú descubriste esto?

Manuel dudó.

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