
Cada noche, la nuera pasa más de una hora bajo la ducha. Una tarde, la suegra acerca el oído a la puerta del baño… y pocos minutos después, ya está llamando a la policía.
—Estable —respondió él—. Pero, mamá… —Hizo una pausa—. Tenías razón en una cosa: lo del baño no era normal.
Se lo contó a trompicones, como quien escupe algo que le quema en la boca. No entró en detalles técnicos; solo repitió lo que la doctora había dicho: consumo, riesgo, ayuda profesional. Carmen escuchó en silencio, con los dedos entrelazados.
Un rato después, pidió entrar a verla.
Laura estaba despierta, mirando el techo. Cuando vio a Carmen en la puerta, la vergüenza le subió al rostro en forma de lágrimas.
—Lo siento —dijo, incluso antes de que la otra hablara—. Lo siento por todo: por el agua, por los gritos, por las mentiras…
Carmen se acercó despacio, sin saber muy bien qué hacer con las manos. No era una mujer acostumbrada a las muestras de afecto. Había pasado la vida resolviendo problemas con frases cortas y movimientos prácticos. Pero aquella noche, nada de eso parecía servir.
—Cuando escuché el golpe pensé que te morías ahí dentro —dijo por fin, sentándose en la silla—. Y me dio miedo. Miedo de perderte sin siquiera haberte conocido de verdad.
Laura se cubrió la cara.
—No quería… no quería que nadie lo viera. Empezó con unas pastillas cuando estaba en la universidad, por los exámenes, por no quedarme atrás. Luego ya no sabía cómo parar. Cuando Daniel y yo empezamos, yo ya… ya estaba metida. Pensé que podría dejarlo sin que él se diera cuenta. Las duchas… eran la única forma de esconderlo. El vapor, el ruido del agua… —La voz se le quebró—. Me daba vergüenza. Pensaba que si sabían la verdad iban a verme como una basura.
Carmen sintió un nudo en la garganta. De pronto, los recibos del agua, las llamadas en voz baja, las noches de “cansancio” empezaron a encajar como piezas de un rompecabezas que había estado delante de sus narices.
—Yo te juzgué —admitió—. Pensé que eras caprichosa, que vivías en el baño para no ayudar en la casa. Me enfadaba. Y en vez de preguntar, me quedé mirando el reloj