
Cada noche, la nuera pasa más de una hora bajo la ducha. Una tarde, la suegra acerca el oído a la puerta del baño… y pocos minutos después, ya está llamando a la policía.
Se quedaron un rato en silencio, cada una con sus culpas.
—La doctora dijo que hay opciones —añadió Carmen, con esfuerzo—. Terapia, grupos, tratamiento. No será fácil… pero es mejor que seguir encerrándote en ese baño como si fuera una cueva.
Laura soltó una risa amarga.
—Ni siquiera me daba cuenta de cuánto tiempo pasaba ahí dentro. Era… como si el mundo se quedara fuera de la puerta. Pero el mundo acaba entrando a golpes, ¿no?
—A veces tiene que romper una puerta para que lo escuchemos —respondió Carmen—. Yo llamé a la policía pensando que estabas en peligro. Y, al final, lo estabas. Solo que de otra manera.
No hubo abrazos dramáticos ni promesas grandilocuentes. Solo un acuerdo sencillo, casi torpe, pero real: hablarían con la psicóloga del hospital, buscarían un centro de tratamiento, establecerían reglas claras en la casa. Las duchas nocturnas, por supuesto, desaparecerían.
Meses después, la rutina de la casa ya no giraba en torno al ruido del agua a las diez de la noche. Laura asistía a terapia tres veces por semana, y Daniel había empezado también un proceso propio para entender su papel, sus cegueras. Carmen, por su parte, se sorprendía a sí misma haciendo algo que nunca había hecho con nadie: preguntar “¿cómo estás?” y esperar la respuesta de verdad.
A veces, cuando pasaba por el pasillo y veía la puerta del baño entreabierta, sentía un escalofrío al recordar aquella noche de sirenas, golpes y miedo. Pero también pensaba en algo que la propia Laura le había dicho en una de sus charlas, una tarde cualquiera, mientras pelaban patatas en la cocina:
—Si no hubieras pegado la oreja a la puerta, si no hubieras llamado, quién sabe dónde estaría ahora.
Y Carmen entendió entonces que, a veces, el amor no se parece a las imágenes dulces de las películas. A veces es desconfiar de un silencio raro, pegar la oreja a una puerta y atreverse a molestar, incluso al precio de que te llamen exagerada. Porque hay noches en las que el gesto más importante no es respetar la privacidad, sino salvar una vida que se está desmoronando detrás de la cerradura.