
Cada noche, la nuera pasa más de una hora bajo la ducha. Una tarde, la suegra acerca el oído a la puerta del baño… y pocos minutos después, ya está llamando a la policía.
—Eso… eso será un error —dijo al fin, en voz baja—. Ella no…
—Los análisis no se equivocan, señor —interrumpió la médica—. No voy a entrar en detalles delante de usted si ella no lo desea, pero es importante que Laura hable con un especialista. Y con ustedes. Esto no se resuelve solo.
Cuando la doctora salió, la habitación se encogió. Daniel tardó unos segundos en reunir el valor para preguntar:
—Laura… ¿qué está pasando?
Ella clavó la mirada en la sábana. Las manos le temblaban, y no sabía si era por el efecto de lo que le habían encontrado en la sangre o porque, por fin, ya no podía esconderse detrás del ruido del agua de la ducha.
—No iba a ser así —susurró—. De verdad, no quería…
Daniel se pasó las manos por la cara.
—¿Desde cuándo?
Laura tragó saliva.
—Desde antes de casarnos.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Horas después, cuando Carmen llegó al hospital con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, encontró a Daniel fuera de la habitación, apoyado contra la pared, con la mirada perdida.
—¿Cómo está? —preguntó ella, sin rodeos.