Cada noche, la nuera pasa más de una hora bajo la ducha. Una tarde, la suegra acerca el oído a la puerta del baño… y pocos minutos después, ya está llamando a la policía.

—¿Dónde…? —balbuceó.

Daniel levantó la vista de golpe.

—Laura… —Se puso de pie y se acercó a la cama—. Estás en el hospital. Te desmayaste en el baño.

Ella buscó con la mirada algo, cualquier cosa, y se encontró con el rostro serio de una médica, de unos cuarenta y tantos, de pie al otro lado de la cama.

—Soy la doctora Muñoz —se presentó—. ¿Sabes qué día es hoy, Laura?

Laura dudó un segundo.

—Viernes… por la noche.

—Ya es sábado de madrugada —corrigió la médica, sin dureza—. Te hemos hecho análisis. Has consumido una sustancia que, mezclada con el calor y el vapor, te ha bajado la tensión. Podrías haberte golpeado la cabeza de forma grave.

El silencio que se hizo pesaba más que cualquier regaño. Daniel miró a la doctora, luego a su mujer.

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