Cada noche, la nuera pasa más de una hora bajo la ducha. Una tarde, la suegra acerca el oído a la puerta del baño… y pocos minutos después, ya está llamando a la policía.

—Puede acompañarla uno de ustedes —dijo el sanitario—. Pero necesitamos movernos ya.

Daniel dudó una décima de segundo. Carmen la notó. Fue mínima, un pestañeo, pero allí estaba.

—Yo voy —dijo por fin él, agarrando la mochila que había dejado en el pasillo—. Mamá, tú… tú quédate aquí, por si llaman o… no sé.

Carmen asintió, aunque por dentro lo único que quería era subirse a la ambulancia y no soltar la mano de Laura. Se quedó quieta, viendo cómo se llevaban a su nuera en la camilla, cómo desaparecía por el pasillo, luego por las escaleras. El eco de las sirenas alejándose le dejó una especie de zumbido en los oídos.

El policía que había recogido la cucharita se acercó de nuevo.

—Vamos a necesitar hacer algunas preguntas, señora López —dijo, con tono correcto pero serio—. Sobre la rutina de Laura, sobre esas duchas tan largas… sobre si ha notado algo extraño últimamente.

Carmen tragó saliva. Por primera vez, empezó a pensar que aquella hora diaria encerrada en el baño no tenía nada que ver con cremas, mascarillas ni llamadas con amigas.

Y, mientras se sentaba en la mesa del comedor, rodeada de azulejos, facturas de agua y silencio, se dio cuenta de que esa noche no solo se había roto una puerta: también la imagen que creía tener de su propia familia.

Laura despertó en el hospital con la luz blanca clavándole los ojos. Tenía un sabor amargo en la boca y una presión incómoda en el brazo derecho, donde le habían colocado una vía. Por un momento no supo dónde estaba; luego vio la cortina azul, el monitor, y la figura de Daniel en una silla, con la cabeza entre las manos.

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