Cada noche, la nuera pasa más de una hora bajo la ducha. Una tarde, la suegra acerca el oído a la puerta del baño… y pocos minutos después, ya está llamando a la policía.

Carmen, desde la puerta, vio algo que la dejó helada: junto al desagüe había una cucharita metálica manchada, un mechero y una pequeña jeringa vacía. En el borde del lavabo, un envoltorio transparente arrugado. No entendía de qué se trataba, pero no necesitaba muchos detalles para intuirlo.

—¿Qué es eso? —susurró, más para sí misma que para los demás.

Uno de los policías siguió su mirada, se acercó, recogió la cucharita con un pañuelo y la observó en silencio. Intercambió una mirada con su compañero; era una mirada que Carmen no había visto nunca tan cerca, mezcla de cansancio y confirmación.

—Señora —dijo, volviéndose hacia ella—, por ahora lo importante es que la trasladen al hospital. Luego ya hablaremos de esto, ¿de acuerdo?

Daniel escuchó la palabra “hospital” y reaccionó como si le hubieran echado un cubo de agua fría.

—No, no, un momento. Laura… Laura no toma nada. Debe haberse mareado por el calor, ella se ducha muy caliente, siempre lo digo, que va a desmayarse…

—Su esposa presenta signos de haber consumido algo —intervino el sanitario, con voz firme pero sin agresividad—. No podemos asegurarlo aquí, pero necesita una valoración urgente.

Mientras hablaban, empezaron a colocarle una mascarilla de oxígeno y a pasarla con cuidado a la camilla. El camisón se subió un poco, dejando ver algunos moretones antiguos en las piernas y el brazo. Carmen parpadeó, confundida. Nunca se los había visto.

—Eso… eso no puede ser —murmuró Daniel, lívido.

Carmen se dio cuenta de que no sabía casi nada de la vida de aquella chica más allá de las paredes de su casa: dónde pasaba sus tardes, a quién llamaba, qué le pesaba en la cabeza cuando se encerraba en el baño durante una hora cada noche.

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