
Cada noche, la nuera pasa más de una hora bajo la ducha. Una tarde, la suegra acerca el oído a la puerta del baño… y pocos minutos después, ya está llamando a la policía.
—¡Policía! ¡Abra la puerta! —gritó el agente.
No hubo respuesta. Solo un ruido leve, un quejido que nadie pudo identificar con certeza.
—Vamos a tirarla —dijo el otro policía, ya examinando la cerradura.
El primer intento no fue suficiente, pero al segundo empujón la madera cedió con un crujido seco. Carmen sintió que el corazón se le quería salir del pecho. Quiso entrar, pero el sanitario la frenó con el brazo.
—Por favor, quédese aquí.
Desde el pasillo, apenas alcanzaba a ver el interior: azulejos blancos, vapor pegado a las paredes, la toalla en el suelo. Y, sobre las baldosas húmedas, el cuerpo de Laura, en camisón, medio recostada contra el costado de la bañera, con la mirada perdida y el brazo colgando.
—¡Laura! —gritó Daniel, intentando avanzar.
—Tranquilo, tranquilo —lo sujetó uno de los policías.
Los sanitarios se arrodillaron junto a ella. Uno le tomó el pulso; el otro le levantó el párpado.
—Respira —dijo uno, aliviado—. Pero está muy somnolienta.