Cada noche, la nuera pasa más de una hora bajo la ducha. Una tarde, la suegra acerca el oído a la puerta del baño… y pocos minutos después, ya está llamando a la policía.

Carmen se quedó inmóvil unos segundos. En aquel silencio denso alcanzó a escuchar el chasquido de un encendedor y, poco después, un ruido seco que la heló: como si algo pesado hubiera caído al suelo, seguido de un gemido ahogado.

No lo pensó más. Corrió al teléfono del salón y marcó el número de emergencias con las manos temblorosas.

—Bue… buenas noches —balbuceó cuando contestaron—. Soy Carmen López. Mi nuera está encerrada en el baño. Escuché un golpe fuerte. Creo que… creo que le está pasando algo grave.

Las sirenas llegaron antes de lo que Carmen esperaba. El barrio entero pareció contener la respiración cuando la ambulancia y el coche patrulla se detuvieron frente al edificio. Algunos vecinos asomaron la cabeza por las ventanas, curiosos. Carmen apenas fue consciente de ello; tenía la vista fija en los escalones, esperando que subieran.

El primer agente que entró en el piso era joven, con el chaleco aún medio desabrochado.

—¿Dónde está el baño, señora? —preguntó, sin rodeos.

—Al fondo del pasillo… la puerta de la derecha. No contesta bien, y escuché un golpe.

Detrás de él venían otro policía y dos sanitarios con una mochila enorme y una camilla plegable. Daniel, despeinado y en camiseta, acababa de salir de la habitación, todavía aturdido por el ruido.

—¿Qué pasa? —protestó, medio dormido—. Mamá, ¿qué has hecho?

—He llamado a la policía, ¿qué querías que hiciera? —respondió Carmen, con una mezcla de culpa y rabia—. Laura no abre, algo no va bien.

Los golpes en la puerta del baño rebotaron por todo el piso.

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