Bajo el dorado sol otoñal del pequeño pueblo de San Pedro del Río, la alegría inundaba cada calle. Era la tan esperada boda de María y Diego. María, con sus ojos color miel y su dulce sonrisa, era el alma del barrio. Diego, un ingeniero de la Ciudad de México, se había enamorado de ella el día que se conocieron en una feria del pueblo.
El patio de la familia López floreció con buganvilias, rosas rojas y guirnaldas. Los niños corrían con globos mientras el aroma del mole poblano flotaba en el aire. Entonces llegó la adinerada familia del novio: elegante, distante y claramente fuera de lugar.
Al llegar el mediodía, la ceremonia terminó y las risas inundaron el patio. Pero el momento de alegría se vio truncado cuando la madre de Diego, doña Beatriz, se puso de pie y anunció:
No puedo callarme. ¡El padre de María es recolector de basura!
Mostró una foto de Don Manuel empujando un carrito de basura, con las botas gastadas y las manos callosas. “¿Ves? ¡Este hombre recoge basura!”
Se hizo el silencio. La madre de María lloró. «Sí, pero ese trabajo nos dio de comer a la familia y pagó la educación de María».
Entonces, el sonido de un motor resonó en la calle. Un camión de basura se detuvo frente a la casa. Don Manuel salió, tranquilo y orgulloso, sosteniendo una pequeña caja de madera. “Sí, recojo basura”, dijo con voz serena, “¿pero sabes por qué?”

Beatriz se burló. «Por dinero, claro». Negó con la cabeza. «No solo por dinero. Mira».
Dentro de la caja había fotos antiguas, documentos y una medalla de oro. Con voz temblorosa, explicó: «Hace treinta años, era ingeniero en Puebla. Tras la explosión de una fábrica, salvé a diez hombres de las llamas. Sufrí quemaduras graves y perdí mi carrera, pero recibí esta medalla. Uno de esos hombres se llamaba Esteban Fernández».
