Don Esteban dio un paso adelante, atónito. “¿Me salvaste la vida?”
—Sí —respondió Don Manuel en voz baja—. Nunca imaginé volver a encontrarte.
Avergonzado, Esteban bajó la cabeza. «Y yo permití que mi esposa te insultara».
Pero Don Manuel no había terminado. Desdobló una vieja escritura. «Este terreno en el centro de Puebla, que vale millones, ahora pertenece a María. Nunca lo mencioné. Quería que se casara por amor, no por dinero».
La multitud se quedó boquiabierta. María gritó: «Papá, nunca me lo dijiste». Él sonrió con dulzura. «No necesitabas saberlo. Tu felicidad era suficiente».
Doña Beatriz estaba pálida y temblorosa.
—Me equivoqué. Por favor, perdóname. —No hay nada que perdonar —dijo Don Manuel—. Que el amor hable más fuerte que el orgullo.

Don Esteban lo abrazó mientras los aplausos llenaban el patio. Diego se arrodilló ante sus padres. «Su corazón vale más que cualquier título. Dedicaré mi vida a demostrarlo».
La música volvió a sonar. Los mariachis tocaban mientras la pareja bailaba bajo el cielo anaranjado. Doña Beatriz servía comida a la familia de María con silenciosa humildad. Y aunque el camión de la basura seguía parado al borde del patio, ya no simbolizaba vergüenza, sino honor.
María abrazó fuerte a su padre. «Gracias por todo, papá». Él sonrió. «Tu alegría es todo lo que siempre he deseado».
Y bajo la luz que se apagaba, entre lágrimas y risas, la historia del humilde recolector de basura que salvó vidas y la dignidad de su hija se convirtió en leyenda en San Pedro del Río.
