Crecí viendo ese número en su piel como quien mira una grieta antigua en la pared: estaba ahí, siempre, y nadie hablaba de ella. En las reuniones, mi abuela servía café, contaba chistes viejos, se reía con los ojos y, sin embargo, en el antebrazo izquierdo llevaba un número que no pertenecía a ningún recuerdo feliz. “Es de cuando era joven”, decía, cambiando el tema con la práctica de quien aprendió a sobrevivir guardando silencio.
La tarde del cumpleaños noventa, mi prima —la más chica— preguntó con la naturalidad de quien no conoce el peso de ciertas preguntas: “Abuela, ¿qué significa ese número?”. La sala se quedó quieta. Nadie quiso interrumpir. Mi abuela miró la ventana un instante y acercó su brazo a las manos de mi prima, como si se lo entregara por primera vez.
“Es mi prueba de que salí viva”, dijo. Y empezó a contar una historia que no estaba en las fotos ni en los marcos del pasillo. Habló de una época donde la identidad la marcaban otros, de trenes que no iban a ninguna casa, de listas interminables y de personas que se quedaron en la estación para siempre. No mencionó fechas, apenas lugares, como si abrir un mapa fuera también abrir una herida.
Lo más sorprendente no fue el horror —del que tanto hemos leído—, sino la ternura con la que ella lo narró. Recordó a una mujer que compartía pan a escondidas, a un hombre que cambiaba canciones por recuerdos para que la memoria no se apagara. “Ese número me lo pusieron para quitarme el nombre”, dijo. “Pero no pudieron.”
