El número en el brazo de mi abuela

Nos enseñó que la memoria no es un museo; es una llave. Y que cuando se comparte deja de ser un peso y se convierte en un puente. Esa noche, el número en su brazo ya no fue un misterio incómodo: fue la firma de una vida que eligió seguir. Antes de dormir, mi abuela nos pidió una sola cosa: “No lo olviden. Lo único que derrota al miedo es la luz”.

Desde entonces, cada vez que la abrazo, mis manos rozan ese tatuaje y siento que la historia no se escribe sola: la escribimos nosotros, cuando decidimos preguntar y escuchar.

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