Justo después de dar a luz, me encontré inesperadamente con mi exmarido en el pasillo del hospital. «Enhorabuena», murmuró, y se quedó paralizado al ver a mi nuevo marido de pie a mi lado.

Acababa de dar a luz cuando me topé con mi exmarido en el pasillo del hospital. «Enhorabuena», dijo, y palideció al ver a mi nuevo esposo. Unos instantes después, mi teléfono se iluminó con su mensaje: «Déjalo. No tienes ni idea de quién es realmente ese hombre…». El fuerte olor a antiséptico aún impregnaba mi bata de hospital cuando salí al pasillo; me sentía agotada, pero radiante. Mi hija recién nacida dormía plácidamente en la cuna junto a mi cama, y ​​mi nuevo esposo, Ethan, había ido a por un café. No esperaba verlo: el hombre al que una vez juré amar para siempre.

«Enhorabuena», dijo David en voz baja, con una voz a la vez dolorosamente familiar y extrañamente distante. Parecía mayor ahora: ojos cansados, algunas canas asomando entre su barba, pero aquella tranquila seguridad en sí mismo seguía intacta.

«Gracias», respondí, con el corazón acelerado. Por un breve instante, el tiempo retrocedió. El divorcio, las discusiones, el vacío de aquellos años… todo me invadió como una ráfaga helada.

Entonces Ethan dobló la esquina con dos tazas humeantes en la mano. Su sonrisa se desvaneció al instante al ver a David. —¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —mentí con naturalidad—. Solo… alguien que conocía.

La mirada de David se movió entre nosotras antes de detenerse. Apretó con fuerza la correa de su mochila. —¿Tu marido? —preguntó con voz indescifrable.

—Sí —dije, recuperando la compostura.

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