
Justo después de dar a luz, me encontré inesperadamente con mi exmarido en el pasillo del hospital. «Enhorabuena», murmuró, y se quedó paralizado al ver a mi nuevo marido de pie a mi lado.
Algo cambió en su mirada: sorpresa, luego la sombra de algo más profundo. Sin decir una palabra más, asintió brevemente y desapareció por el pasillo aséptico.
Intenté restarle importancia, pero diez minutos después, mi teléfono vibró. Un mensaje de David.
David: —Déjalo. No sabes quién es realmente ese hombre.
Sentí un escalofrío. Me quedé mirando la pantalla, releyendo las palabras hasta que se volvieron borrosas. Ethan regresó y dejó el café en la mesa. —¿Todo bien?
—Sí —repetí, forzando una sonrisa que no llegaba a mis ojos.
Pero no podía dejar de mirar hacia la puerta. Ni de preguntarme qué quería decir David.
A la mañana siguiente, me dieron el alta del hospital. Ethan condujo despacio, mirando de vez en cuando por el retrovisor mientras yo acunaba a nuestra bebé, Emma. Intenté perderme en la delicada curvatura de sus dedos, no en el mensaje que David me había enviado.
Ethan era todo lo que una vez pensé que jamás volvería a encontrar: estable, amable, infinitamente paciente. Llegó a mi vida cuando estaba recomponiéndome tras el divorcio, y con él, por fin me sentí segura.
Aun así, las palabras de David seguían dando vueltas en mi cabeza.
Esa tarde, no pude resistirme más: le respondí.
Yo: —¿De qué hablas?
David: —Aquí no. ¿Podemos hablar? Por favor.
Dudé, pero acepté encontrarnos en una cafetería cercana. Le dije a Ethan que iba a reunirme con un compañero de trabajo. Me besó la frente y no hizo preguntas.
David ya estaba allí cuando llegué. Su café seguía intacto. —¿Te casaste con Ethan Collins? —preguntó sin saludarme.
—Sí —dije con cautela—. ¿Por qué?
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