Nos encanta su efervescencia, su sabor dulce, su efecto reconfortante… Los refrescos tienen un cierto poder adictivo. Sin embargo, tras esta popular bebida se esconde un impacto mucho menos inocuo en nuestra salud, y especialmente en nuestros huesos. ¡Sí, nuestros huesos! No es necesariamente lo primero que pensamos al abrir una lata fría, pero sin duda merece la pena analizar con detenimiento los efectos a largo plazo.
Una bebida vacía… que pesa mucho.
Un refresco no es solo agua y azúcar. Es principalmente una alta concentración de azúcares simples que no aportan ningún valor nutricional. Como no sacian el hambre (a diferencia de una comida completa), fomentan el picoteo entre horas… El resultado: consumimos más calorías sin darnos cuenta. ¿Y ese kilo de más que no podemos explicar? Podría ser la causa.
Tus huesos también tienen algo que decir.
Uno de los efectos menos conocidos de los refrescos afecta a nuestros huesos. Algunos refrescos, en particular la cola, contienen ácido fosfórico. Este componente, junto con la cafeína y una dieta baja en calcio (ya que los refrescos suelen sustituir a bebidas más nutritivas), puede contribuir a una disminución gradual de la densidad ósea. Los adolescentes y las mujeres, en particular, deben prestar especial atención, puesto que la salud ósea se establece muy pronto en la vida.
