Me dejó bajo la lluvia torrencial, a cincuenta y dos kilómetros de casa. «Quizás el paseo te enseñe algo de respeto», dijo con desdén. Lo que él no sabía era que yo había pasado ocho meses preparándome para este preciso momento.
La lluvia caía a cántaros, empapando mi chaqueta casi al instante y pegándome el pelo a la cara. Vi cómo la camioneta de mi marido avanzaba con estruendo por la desolada carretera rural, con sus luces traseras rojas desapareciendo en la distancia gris. Sus palabras de despedida aún resonaban en mis oídos: «Quizás caminar a casa te enseñe algo de respeto».
Me quedé sola en el borde de la carretera, casi cuarenta y dos minutos después de la medianoche, a cincuenta y dos kilómetros de casa. Pero no entré en pánico. No lloré. Simplemente inhalé el olor a asfalto mojado y el fuerte sabor de la traición en la lengua. Porque lo que Daniel no sabía —lo que no podía saber— era que yo me había estado preparando para este preciso momento durante casi un año.
Él era Daniel. Hubo una época en la que parecía el hombre perfecto: cruzaba las fronteras estatales en coche solo para sorprenderme con flores. Pero el matrimonio le quitó el encanto, revelando la mueca de desprecio que se escondía tras él. Le gustaba controlar cada aspecto de mi vida: controlar mis gastos, leer mis mensajes, aislándome poco a poco de todos mis seres queridos. Y luego, cuando todo eso no era suficiente, me controlaba con humillación. Dejarme tirada bajo la lluvia era solo la última prueba de dominio.
Pero él no sabía la verdad: me había estado escondiendo cuidadosamente tras rutinas domésticas y sonrisas ensayadas. Tenía dinero guardado: billetes pequeños que se me escapaban del sueldo antes de depositar el resto en nuestra cuenta conjunta. Tenía un teléfono desechable escondido en una caja de adornos navideños viejos. Y tenía aliados, aunque él creía que me había aislado.
Empecé a caminar. El agua me salpicaba los tobillos, la tormenta implacable, pero me sentía con los pies en la tierra. La lluvia no era solo una molestia; se sentía como una purificación. Una señal.
Hace ocho meses, hice una promesa silenciosa: la próxima vez que cruzara la línea, me iría para siempre. Se acabaron las disculpas. Se acabaron los ciclos manipuladores de arrepentimiento y crueldad. Esta noche, no regresaba a casa con la cabeza gacha, derrotada. Caminaba hacia la libertad.
El camino se extendía ante mí, interminable y negro, bordeado de campos y alguna que otra granja. Mi mochila me apretaba los hombros, pero contenía todo lo que necesitaba: ropa seca, el teléfono desechable, mi dinero en efectivo y, lo más importante, un billete de autobús comprado semanas atrás a nombre de un desconocido.
A pesar de la fría lluvia, sonreí. Que creyera que había ganado. Que pensara que volvería arrastrándome, mojada y rota. Para cuando se diera cuenta de que me había ido, estaría muy lejos, empezando de cero.
