UNA NIÑA POBRE QUE LLEGA TARDE A LA ESCUELA ENCUENTRA A UN BEBÉ INCONSCIENTE ENCERRADO EN UN COCHE…

Un mes después de los sucesos del hospital, Patricia estaba sentada en la sala del tribunal, escuchando cómo el juez dictaba sentencia contra el Dr. Montiel y sus cómplices. Elena sostenía en brazos a un sano Benjamín mientras el Dr. Acosta apretaba la mano de su esposa por los cargos de conspiración, negligencia médica criminal y los asesinatos de Teresa Morales y el Dr. Jorge Acosta. «Este tribunal declara culpable a Carlos Montiel», dijo el juez. Sus palabras resonaron con una fuerza que pareció cerrar un oscuro capítulo en la vida de todos los presentes.

Roberto, el antiguo asistente, lo había confesado todo, aportando pruebas que se remontaban a décadas de experimentos ilegales y encubrimientos. Tras la sentencia, al salir del juzgado, el Dr. Acosta se detuvo frente a Patricia. «Mi padre siempre decía que la verdadera medicina no reside en los tratamientos, sino en el corazón de quienes se preocupan por los demás», dijo con la voz quebrada por la emoción. «Lo demostraste el día que salvaste a Benjamín». Patricia sonrió, recordando aquel momento que ahora parecía tan lejano.

«Solo hice lo que cualquiera habría hecho». «No», interrumpió Elena, meciendo suavemente a Benjamín. «Hiciste lo que pocos se habrían atrevido a hacer». Y eso nos llevó a descubrir la verdad, no solo sobre lo que le sucedió a Benjamín, sino también sobre el padre de Daniel, sobre Teresa, sobre todos los pacientes que sufrieron en silencio. Oficial Mendoza

Una persona que se les había acercado añadió: «Las investigaciones continúan. Cada día encontramos más casos, más familias que merecen justicia». Y todo empezó porque una estudiante decidió romper una ventana para salvar a un bebé.

Patricia miró a su madre, Ana, quien la había acompañado durante todo el proceso. «Papá siempre decía que la verdadera valentía reside en hacer lo correcto, incluso cuando tienes miedo», recordó. «Y estaría increíblemente orgulloso de ti», respondió Ana, abrazando a su hija. En ese momento, el Dr. Acosta sacó un sobre de su maletín. «Hablando de hacer lo correcto, Elena y yo hemos estado hablando. La beca es solo el comienzo. Queremos ayudarte a cumplir tu sueño».

Patricia tomó el sobre con manos temblorosas. Dentro había una carta de aceptación para un programa médico especial. «¿Pero cómo lo supieron?», preguntó Elena con una sonrisa. «Teresa lo mencionó en su última carta. Dijo que habías hablado de tu deseo de ser médica durante una de sus visitas al cementerio. Ella creía en ti, y nosotros también. El programa es intensivo», explicó el Dr. Acosta. Tendrás que estudiar mucho, pero estoy segura de que serás una excelente doctora, alguien que no solo cura cuerpos, sino que también se preocupa por las personas.

Las lágrimas corrían libremente por las mejillas de Patricia mientras apretaba la carta. Su madre lloraba a su lado, orgullosa y conmovida. Benjamín, desde los brazos de Elena, extendió sus manitas hacia Patricia, riendo. Ella lo tomó con delicadeza, maravillada de cómo un solo momento de valentía había cambiado tantas vidas. —Sabes —dijo la Dra. Acosta, observando a Patricia con su hijo—. Mi padre solía decir que los verdaderos héroes no son los que buscan serlo, sino los que simplemente hacen lo correcto cuando se presenta la oportunidad.

Y a veces —añadió Elena—, esos momentos de valentía nos llevan justo adonde necesitamos estar. Un año después, Patricia caminaba por los pasillos de la Facultad de Medicina, con sus libros apretados contra el pecho, igual que aquel día que corrió a la escuela. Pero ahora, en lugar de preocupación, su rostro reflejaba determinación y propósito. En su casillero, junto a sus horarios y apuntes, había una fotografía. Estaba con la familia Acosta. Benjamin estaba sentado en su regazo, sonriendo a la cámara, y junto a la foto había una nota manuscrita de Teresa, encontrada entre sus últimas pertenencias.

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