La última visita había ido bien. Ahora Robert podía pasar tiempo con los niños sin agotarse como en visitas anteriores.
Emma e Ien lo llamaban “Tío Rob”, una idea que había surgido de Lily y parecía encajar para todos.
—Papá —respondió la voz de Lily.
Él la saludó desde la puerta trasera, la nieve en su cabello negro.
—Ven a ayudarnos a hacer el muñeco de nieve. Sara dijo que ya podemos usar tu antigua corbata.
Jack se quitó su abrigo, el mismo con el que había envuelto a tres niños asustados en una noche nevada de hace años.
Estaba un poco cansado, pero no se atrevió a quitárselo.
Le recordaba cómo los pequeños momentos pueden cambiar toda una vida.
—“Ya voy,” gritó, deteniéndose solo para enviar una rápida respuesta a Robert.
—“Les contaré sobre tu entrega y felicitaré. También mereces una segunda oportunidad para ser feliz.”
La nieve seguía cayendo suavemente, cubriendo el mundo con una manta blanca de posibilidades, como aquella noche en que todo cambió para ellos.
Pero ahora, en lugar de frío y miedo, traía la promesa de alegría y momentos familiares importantes.
Sara los recibió con un beso frío, su vientre embarazado entre ellos, llevando al miembro más reciente de la familia Morrison, una niña a la que planeaban llamar Clare en honor a la mujer cuyo sacrificio hizo todo esto posible.
—“¿Feliz?” preguntó en voz baja, mientras observaba a Lily ayudar a los gemelos a ponerles bufandas al muñeco de nieve más artístico que el jardín había visto.
—“Más de lo que pensé,” respondió Jack, abrazando a su esposa, sintiendo el movimiento de su hija aún no nacida entre ellos.
La nieve caía con más fuerza, pero parecía que a nadie le importaba.
Entre risas y juegos, Jack comprendió una verdad simple: a veces, la familia más fuerte no se forma por destino, sino por elección, por amor, por una segunda oportunidad.
Y esa era solo la primera página de su historia.
