Con este contexto en mente, John se determinó aún más a descubrir qué yacía bajo su propiedad. Solicitó la ayuda de un equipo local de aficionados a los detectores de metales, con la esperanza de que sus equipos detectaran algo enterrado. Tras varias búsquedas, sus dispositivos detectaron un punto en el patio trasero y, a solo un metro bajo la superficie, encontraron algo sólido.
Tras limpiar cuidadosamente la tierra y los escombros, revelaron una trampilla metálica, herméticamente sellada y desgastada por décadas bajo tierra. Les llevó tiempo, esfuerzo y refuerzos, pero John logró abrir la entrada con seguridad. Instaló una iluminación temporal y se adentró en lo desconocido.
Lo que encontró lo asombró. Bajo la superficie se encontraba un refugio antiaéreo nuclear de la época de la Guerra Fría, completamente intacto, una reliquia de una época pasada en la que el miedo a la aniquilación global era demasiado real. La estructura había permanecido intacta durante más de medio siglo. En su interior se conservaban elementos originales de principios de la década de 1960: literas metálicas, estantes para almacenar alimentos enlatados, bidones de agua, sistemas de ventilación manual y señalización de emergencia diseñada para instruir a los ocupantes durante un evento nuclear. Era como si el tiempo se hubiera detenido, preservando una instantánea de la vida estadounidense bajo la sombra de la era atómica.
Tras compartir su descubrimiento en línea, la historia de John cobró rápidamente popularidad. Las fotos del refugio subterráneo circularon por las redes sociales, cautivando la imaginación del público. Los comentarios llovieron y, para sorpresa de John, también las historias de otros residentes de Tucson. Varios propietarios se pusieron en contacto para comentar que tenían estructuras similares en sus propiedades, lo que desató un gran interés en la historia de la Guerra Fría en Tucson.
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