La imagen del licor que había bebido minutos antes cruzó por su mente: aquello que había confiado en que lo “rejuvenecería” se había convertido en un veneno silencioso.
Desesperada, Marisol pidió ayuda. Las hijas de Don Tomás y otros familiares irrumpieron en la habitación, encontrando al anciano inmóvil y a la joven novia llorando, perdida en la confusión.
Esa noche fue un caos de gritos, carreras y llantos.
Llevaron a Don Tomás al hospital, pero los médicos solo pudieron confirmar lo peor: había sufrido un infarto repentino debido al esfuerzo y la edad.
La noticia corrió por todo el pueblo.
La gente, que ya murmuraba sobre el matrimonio desigual, ahora hablaba con más fuerza.
Algunos sintieron lástima por Marisol, otros se burlaron:
“Ni siquiera logró darle un hijo… el destino es justo”.
Marisol permaneció en silencio, con la mirada perdida.
Recordó sus palabras: “Cumpliré con mi deber”. Pero ese deber nunca comenzó; todo terminó en una tragedia que nadie previó.
Después del funeral, el dinero recibido de la boda fue suficiente para pagar las deudas de su familia y el tratamiento de su hermano.
Pero a cambio, Marisol enfrentó un destino cruel: viuda a los veinte años, marcada para siempre como “la segunda esposa de Don Tomás”.
Su noche de bodas, que se suponía sería el comienzo de un compromiso lleno de presiones y expectativas, terminó convirtiéndose en la última noche de la vida de un hombre… y el comienzo de la pesada cruz que una joven tendría que cargar por el resto de sus días.
